Ensayos e Investigaciones

 

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Re/creaciones de la comunidad: Espacios translocales en la globalización

Steffan Igor Ayora Diaz*

 

Introducción

La globalización de la comunidad

La construcción de la comunidad.

Formas de afiliación en la globalización

El simulacro como auto-recreación.

Diferencia y ensamblajes sociales

 

Introducción

Noche del 4 de julio en San Cristóbal de las Casas, Chiapas.  Unos días antes recibimos una invitación para participar en las celebraciones de la independencia de los Estados Unidos en el restaurante de una pareja de amigos de origen norteamericano, radicados desde hace aproximadamente dos décadas en México.  Su restaurante es promovido como vegetariano y/o naturista y encuentra poca competencia en el mercado local de estilos alternativos de vida.  Acudimos a la cita alrededor de las 21 horas.  Encontramos una celebración más o menos abierta, pero el local se encontraba ya abarrotado y con pocas mesas disponibles.  Entre los asistentes nos encontrábamos antropólogos y antropólogas estadounidenses, mexicanos (pero formados en el extranjero), ambientalistas, promotores de ecoturismo, miembros de ONGs (en general provenientes de los EEUU, de Europa o de otras regiones de México), algunos voluntarios y voluntarias que por distintas razones han llegado a esta región del sur mexicano, así como algunos turistas norteamericanos quienes se enteraron casualmente de la festividad.  Esa noche, la mayor parte de los pocos chiapanecos en el local se encontraban atendiendo las mesas como meseras o en la cocina preparando los alimentos.  La noche se alegraba con la música de un grupo formado por integrantes de otras partes de México, un europeo y solamente un chiapaneco.  El grupo interpretaba sus propias melodía delante un mural que representa la lucha zapatista.  Sobre las mesas de un ala del restaurante, un altar combinaba íconos guadalupanos y cristianos con budistas y asiáticos.

Los asistentes nos encontrábamos hermanados por nuestra alienación de la sociedad sancristobalense: los coletos han resentido nuestra presencia y nos han culpado a todos los foráneos del levantamiento zapatista; por distintas razones todos trabajamos de manera cercana con la población indígena de la región y solo de manera ocasional con los habitantes no indígenas.  La mayoría de los asistentes favorece una vida alternativa y rechaza las ‘corrupciones’ derivadas de la modernidad: la medicina científica, el estado y burocracias nacionales, las dietas no naturales, los alimentos genéticamente modificados, el racismo, la racionalidad y secularización extremas, el uso intensivo de tecnologías en la producción y el turismo de masas.  Como respuesta a estos fenómenos, la mayoría de los presentes busca remedios en la medicina naturista, la acupuntura, masajes terapéuticos, yoga, herbolaria; considera las ONGs como la respuesta válida contra el poder del estado y la globalización, busca productos naturales y orgánicos, y se considera en comunión(o al menos en solidaridad) con los grupos indígenas locales; por tanto, minimizan cualquier distancia entre ellos mismos y la población indígena (aunque algunos aborrecen, otros detestan y unos desprecian a la población local no indígena)[1].  La celebración duró hasta pasada la media noche en un ambiente de fraternidad que se esperaba repetir el próximo año.

Referirse a este grupo de personas como una comunidad es, de manera evidente, diferente de la forma establecida en la que este concepto se usa, particularmente en la antropología y en las ciencias sociales en general, para describir asociaciones humanas pequeñas.  Mi propósito en este trabajo es argumentar que la forma ‘tradicional’ de entender la comunidad ha dejado de ser fiel (si alguna vez lo fue) a los procesos contemporáneos de fragmentación y re-creación de grupos de interacción humana.  En el mundo contemporáneo, globalizado y caracterizado variamente como moderno, posmoderno, hiper-moderno, de alta modernidad, de modernidad tardía, de modernidad reflexiva… (la imaginación académica es el límite) se ha generado lo que Giddens (1990) ha llamado el desacoplamiento de las dimensiones temporales y espaciales.  Este desacoplamiento se traduce, frecuentemente, en la desterritorialización de la cultura; es decir, se reconoce que las prácticas culturales trascienden la localidad; o sea, los límites espaciales identificados previamente como propios y específicos de un grupo localizable en un tiempo (tradición) y un espacio particulares.  Las migraciones y, con ellas, los migrantes, transmigrantes, expatriados, y diaspóricos han contribuido a  generar articulaciones (hibridaciones) culturales, y en la producción de nuevos imaginarios que trascienden los estrechos limites de los conceptos espaciales y temporales hasta hoy utilizados en la antropología y las ciencias sociales.  El indígena chiapaneco que pone en escena sus rituales de curación en Cancun, ¿es un individuo tradicional, o es acaso un portador de una nueva forma de modernidad?  ¿Cómo entender, por ejemplo, la ‘comunidad’ de guadalupanos re-creada fuera del territorio católico mexicano?  ¿Es ésta menos comunidad que la comunidad guadalupana en un pueblo agrícola del centro de México?  Hoy, como ayer, los individuos formamos ‘comunidades’.  Sin embargo, lo hacemos en condiciones distintas de aquellas de generaciones previas.  En la condición que Harvey (1990) llama la compresión espacio-temporal, los vehículos de alta velocidad y la comunicación electrónica han contribuido a reducir los tiempos y a aumentar la frecuencia de contactos entre distintas formas culturales.  Esta nueva condición, a su vez, ha facilitado la re-creación de comunidades y formas culturales en espacios diversos, obligándonos a investigadores e investigadoras sociales a acuñar y desarrollar conceptos tales como translocalidad, desterritorialización, relocalización, re-territorialización, y muchos más que amenazan a la rigidez del enraizado significado del concepto sociológico-antropológico de comunidad.

En el presente ensayo discutiré de manera breve como se ha construido el concepto ‘tradicional’ de comunidad.  Esta brevedad en parte es necesaria ante, y en parte traiciona, la abundante bibliografía existente sobre el tema desde mediados del siglo XIX hasta el presente.  Procedo, en consecuencia, a presentar algunas respuestas filosóficas y socio-antropológicas a los dilemas que nos impone la vida social contemporánea.  En seguida describo algunas de las formas de comunidad que he encontrado en mi trabajo antropológico, para finalmente sugerir una forma más flexible de definir el concepto, de manera que sea útil en el análisis de procesos culturales y sociales en esta era global, (pos)moderna.

 

La globalización de la comunidad

El concepto de globalización ha sido definido de varias maneras y, en este sentido, me parece importante comenzar estableciendo su relación con la forma instituida de describir la comunidad.  Robertson (1992, 1995) sugiere que la globalización es un complejo proceso de simultánea articulación de tendencias hacia la universalización de lo particular y la particularización de lo universal.  Aunque el proceso (no el concepto) de globalización tiene ya una larga historia, fue únicamente desde la década de 1960 que comenzó a tener presencia en las discusiones sociológicas y políticas.  Siguiendo a Albrow (1990) Robertson (1992:16-21) sugiere que la sociología ha pasado por distintas etapas —de universalismo, de sociologías nacionales, de internacionalismo, de indigenización y de globalización— que corresponden a los epistemes de la formación de estados-nación, a su consolidación, al proceso de exportación-importación de esa forma política, a su apropiación local, y al proceso actual de transnacionalización.  En este último se dan, cada vez más, las condiciones para el adecuado funcionamiento de corporaciones transnacionales, las cuales, a su vez, contribuyen al cuestionamiento de la impermeabilidad de las fronteras de los estados-nación (ver también Beck 2000).

Robertson (1992) plantea que nuestros análisis requieren, en primer lugar, de recuperar la dimensión cultural de la globalización y, en segundo lugar, de devolver la complejidad a nuestras interpretaciones de los procesos y fenómenos sociales.  En vez de reducir todos los fenómenos a lo económico (globalismo, le llama Beck 2000) necesitamos examinar las interacciones entre los aspectos sociales, culturales, políticos, económicos, financieros en sus múltiples convergencias y divergencias (ver también Appadurai 1996).  La globalización, en su doble movimiento, crea las condiciones para la universalización de la modernidad y para su negación a nivel local[2].  Es en este movimiento que se generan tendencias tanto hacia la fragmentación y disolución de formas comunitarias y como hacia la consolidación de esfuerzos romántico-nostálgicos encaminados a su recuperación.

Aquí es importante reconocer la existencia de lo que Appadurai (1996) ha llamado paisajes ideológicos.  Estos son campos estructurados por conceptos e imaginarios que son vividos, interpretados y apropiados o rechazados de maneras diversas, según el lugar que uno ocupe dentro de ese mismo campo (como en un paisaje, el lugar que uno ocupa en el campo social modifica la perspectiva y la percepción del fenómeno).  Modernidad, comunidad, sociedad, libre mercado, resistencia o aceptación del cambio social son todos conceptos o formas de entender el mundo que nos rodea, aunque en nuestra vida les otorguemos una calidad fáctica.  Modernidad, comunidad (al igual que muchos otros conceptos) son formas socialmente construidas de auto-representación, originadas en una cultura particular para luego ser universalizadas[3]; es decir, en su desplazamiento a otras sociedades y culturas se les atribuye un carácter universalmente válido para todas las sociedades del orbe.  Estas formas particulares universalizadas han debido, a su vez, ser particularizadas por distintos grupos en todo el planeta.  Este proceso de particularización, en vez de conducir a la homogeneización del mundo, ha conducido a la producción de diferencias, ya que cada grupo acepta, rechaza, se apropia re-significando, estos conceptos que, supuestamente, describen formas ‘reales’, fácticas de vida social.  De esta manera, localmente, se recrean imaginarios sociales donde los polos modernidad-tradición, urbano-rural, comunidad-sociedad adquieren nuevos significados.  Así, también se ha globalizado, junto con la percepción de que la sociedad moderna disuelve las comunidades, la nostalgia por una forma de vida perdida en el pasado (que, en efecto, probablemente nunca existió más que como producto teológico, político-utópico, sociológico o antropológico.  Ver Urban 2001).  Pero, ¿cómo ha sido pensada esta forma social?

La construcción de la comunidad. 

La historia reza así: Durante el siglo XIX se produjo una aceleración notable de las transformaciones tecnológicas, productivas, económicas, culturales y políticas que hoy conocemos como modernidad.  Estas transformaciones se reflejaron en la forma de vida de las personas que habitaban los espacios urbanos y, a su vez, profundizaron su contraste con la forma de vida rural.  Las relaciones entre las personas tomaron otra forma, las estructuras de poder modernas reemplazaron a las tradicionales desplazando, así, la fuente de la autoridad política y moral.  La vida en sociedad tendría que describirse y analizarse de otra manera.  Durkheim, Marx, Simmel, Tönnies y Weber explicarían de maneras distintas esta transición y reconocerían también distintos sentidos éticos en esas transformaciones.  Entre ellos, Ferdinand Tönnies se preocupó por examinar la transición de la comunidad a la sociedad en un lenguaje particularmente atractivo para los antropólogos y sociólogos.  De hecho, aún en formas retóricas de este inicio de siglo XXI se encuentran formas de referirse a la comunidad que hacen eco a la formulación original y a sus valoraciones ético-políticas.

En Gemeinschaft und Gesellschaft (Comunidad y Sociedad), Tönnies (1955 [1887]) sugería que por comunidad entendemos “todas las formas intimas, privadas y exclusivas de vivir juntos” (p. 37).  Agregaba más adelante: “la teoría de Gemeinschaft comienza con la premisa de la perfecta unidad de las voluntades humanas como una condición natural y original que se preserva a pesar de separaciones en la práctica” (p. 42, mis cursivas).  Esta premisa surge de una sensibilidad romántica decimonónica que los múltiples esfuerzos contemporáneos por reconstruir comunidades tienden a soslayar.  Esta es la nostalgia por una era de lazos armónicos entre los seres humanos radica que hoy radica de forma oculta en la retórica urbana desencantada con la modernidad.

Tönnies entendía que los sentimientos comunitarios se originaban de tres tipos de relación: la relación entre madres e hijos, la relación sexual entre parejas, y la relación entre hermanos y hermanas.  De sus raíces en estas relaciones es que el sentimiento comunitario adquiere su fuerza y quizás, según esta comprensión, su carácter inevitable.  Sin embargo, el surgimiento de la forma social urbana moderna trajo consigo fuerzas que han contribuido a la destrucción de estos lazos comunitarios y creado las condiciones para la aparición de formas racionales, mecánicas de asociación (en la terminología de Tönnies, la comunidad es una relación orgánica y la sociedad es una relación mecánica, p. 42).  Las características de la comunidad, según Tönnies, son:

Su unidad. 

Ésta está basada en las relaciones de sangre de las que se deriva la comunidad (madre/hijo, marital y fraternal).  Sin embargo, es una relación desigual en la que el padre constituye la autoridad.  Esa autoridad se ejerce a través de la educación e instrucción de los hijos (44-45).

Placer y trabajo. 

Existen, en las comunidades, diferencias naturales que se expresan en una división entre trabajo y placer, que resulta en una relación recíproca entre estos dos.  Sin embargo, en la comunidad, sus miembros favorecen el placer (la diversión).  La división del trabajo y el placer tiene una base natural: los hombres protegen, las madres reproducen, los hermanos hacen el trabajo mental y las mujeres el trabajo manual (45-46).

Dominación y balance. 

Un equilibro más balanceado puede ser alcanzado si quien trabaja más obtiene más placer y viceversa.  En esta relación natural, una mayor fuerza presupone una habilidad mayor para ayudar a los demás.  De esta manera, ayudando a los demás, el fuerte disfruta de su poder (46-47).

Tres formas de autoridad. 

En el Gemeinschaft existen tres formas de autoridad: de edad, de fuerza y de sabiduría (o espíritu).  Las tres formas corresponden al significado del padre en la comunidad.  De la beneficencia y buena voluntad del más fuerte se deriva el deseo de honrar y la reverencia entre los menos fuertes.  Por esto es posible encontrar comunidad entre ellos (aún en la relación entre el amo y el sirviente), ya que todos comparten el espacio doméstico (47-48).

Gemeinschaft de sangre, lugar y mente. 

“El Gemeinschaft por sangre, denotando unidad de ser, se desarrolla y diferencia en un Gemeinschaft de localidad, que está basado en un hábitat común.  Una mayor diferenciación conduce al Gemeinschaft de mente que implica solamente cooperación y acción coordinada para alcanzar un objetivo común” (48).  Estas formas de comunidad están basadas respectivamente en el parentesco, el vecindario y la amistad.

De las características que Tönnies atribuye a la comunidad se derivan varias consecuencias, en primer lugar, que las relaciones comunitarias, al estar basadas en la sangre, son de un orden natural;  Segundo, la comunidad desarrolla una especialización de funciones que conlleva una carga diferencial de poder y tercero, existe un sentimiento recíproco y obligatorio que hace del consenso la forma distintiva de voluntad comunitaria (53).  Para Tönnies, Gesellschaft es precisamente la disolución del Gemeinschaft: la sociedad es, conceptualmente, “la construcción artificial de un agregado de seres humanos que superficialmente parece ser un Gemeinschaft, en tanto que los individuos viven y habitan juntos de forma pacífica.” (74).  En la sociedad cada quien tiene que valerse por sí mismo y nadie quiere trabajar para otros; los regalos o el trabajo que se intercambian tienden a ser equilibrados: nadie da más que los demás (75).  En la caracterización que Tönnies produjo de la relación entre comunidad y sociedad trasluce una valoración romántica del Gemeinschaft.

Aunque algunos autores sugieren que existe una gran heterogeneidad de sentidos en el concepto ‘comunidad’, es claro que las premisas sobre las que distintos autores construyen el concepto son las mismas, y el deseo utópico es el mismo también: la reciprocidad y armonía entre los seres humanos basada en un sentimiento de identificación mutua.  Por ejemplo, Redfield publicó en 1960 su libro The Little Community desarrollando en él las ideas que originalmente presentó en su obra The Folk Culture of Yucatán (1941).  En esta última, Redfield propuso el modelo del continuo folk-urbano, en el cual las comunidades se ubicarían en el estadio menos desarrollado de los grupos humanos y la sociedad urbana en la cima del desarrollo social.  En The Little Community, Redfield (1960:3) sugería que la pequeña comunidad ha sido el modelo más frecuente de organización a lo largo de la existencia humana; sin embargo, señalaba, la pequeña comunidad ha sido progresivamente desplazada por la organización urbana (p. 5).  Redfield proponía, implícitamente haciendo eco a Tönnies, que las pequeñas comunidades se caracterizan por (1) su particularidad (distinctiveness): es posible decir dónde comienza y dónde termina una comunidad; sus límites son aparentes tanto para sus miembros como para individuos externos a ella; (2) son pequeñas; (3) son homogéneas; es decir, la mentalidad cada uno de sus integrantes es similar a la de los demás y es poco cambiante (los individuos son intercambiables); y (4) son autosuficientes (p. 4).  Más aún, Redfield entendía a las comunidades como un todo armónico con la naturaleza (17-23) y con una estructura social basada en relaciones cara a cara con mecanismos internos de balance que reducirían el conflicto entre sus integrantes (33-38).  Aún cuando la lista es distinta, me parece posible reconocer las conexiones entre los atributos y las características que Tönnies y Redfield reconocen en sus conceptos de (pequeña) comunidad.

Esta forma de pensar la comunidad ha sido importante en la consolidación de la antropología durante el siglo XX.  A pesar de las diferencias en comprensión de las formas pequeñas de agrupación, los subsiguientes desarrollos en el concepto de comunidad revelan trazas del romanticismo alemán formulado por Herder (y su noción del Volk) y continuado por Tönnies.  Eric Wolf (1957), con su noción de comunidades corporativas, y Victor Turner (1969), con su dicotomía comunitas-estructura, continuaron haciendo eco a la visión romántica de la comunidad.  La noción de comunidades corporativas ha reforzado de manera importante la comprensión de la comunidad como una entidad aislada de procesos más amplios, fortaleciendo así la noción romántica de homogeneidad, consenso, auto-suficiencia y lazos más o menos armónicos dentro del grupo, así como de las fuertes ataduras de la comunidad al lugar.  Aunque la noción de comunitas propuesta por Turner buscaba desplazar la atención hacia la experiencia de comunidad, una lectura cercana de su propuesta permite encontrar ecos de la misma sensibilidad romántica.  Por ejemplo, contrastaba la sociedad, como estructura, con un “relativamente indiferenciado comitatus, comunidad, o aún comunión de individuos iguales que juntos se someten a la autoridad de los ancianos” (p.96).  Agregaba más adelante:

Esencialmente, comunitas es una relación entre individuos concretos, históricos, idiosincrásicos.  Estos individuos no están segmentados en roles y status sino se confrontan uno a otro a la manera [establecida por] Martin Buber “Yo y Tu”.  Junto con esta directa, inmediata y total confrontación de identidades humanas tiende a existir un modelo de sociedad como una comunitas homogénea y no-estructurada, cuyas fronteras idealmente coexisten con aquellas de la especie humana. (132-133)

El contraste que Turner establece con el concepto ‘Estructura’ completa el paralelo con la distinción entre Gemeinschaft y Gesellschaft.

Si reconocemos las conexiones conceptuales y de sensibilidades entre la sociología romántica del siglo XIX y la antropología del siglo XX, es posible encontrar evidencias de una nostalgia por la comunidad en casi todas las vertientes antropológicas y sociológicas interesadas en teorizar la comunidad (Bendix 1997, Stewart 1989, Stocking Jr. 1989).  Sin embargo, en una era de globalización en la que las poblaciones más remotas se encuentran sujetas a procesos económicos, políticos y culturales más amplios; en una era en la que la compresión espacio-temporal permite a miembros de los estados-nación más ricos explorar el mundo como turistas y obliga a los más pobres a desplazarse para evadir el exterminio étnico, o la pobreza extrema, es cada vez más difícil sostener la existencia de la comunidad.  Esto es, de grupos humanos aislados, homogéneos, igualitarios, en armonía social y con la naturaleza.  Hoy nos encontramos ante la necesidad de recurrir a nuevos conceptos (translocalidad, glocalización, desterritorialización y re-territorialización) para describir los complejos procesos de la sociedad global contemporánea.  Esta conciencia nos obliga a repensar lo que hoy podemos entender por ‘comunidad’.

La de-construcción y las reconstrucciones  de la comunidad.  Difícilmente puede considerarse ocioso el trabajo de deconstrucción del concepto ‘comunidad’.  Esta forma de pensar la vida en común ha cambiado de manera radical con las transformaciones de orden global cuya aceleración hemos vivido desde mediados del siglo XX.  Corporaciones transnacionales, agencias supranacionales de crédito y financiamiento de estados nación, organizaciones no gubernamentales transnacionales tienen una presencia, directa o indirecta, aún sobre comunidades apartadas de los centros de poder y, por otra parte, cuestionan la naturalidad de las fronteras entre estados nación, entre regiones nacionales o la fronteras de la misma comunidad.  Así, al reconocer la existencia de conexiones entre los mundos locales y globales nos vemos obligados a reconocer también que sus fronteras son, y quizás han siempre sido, permeables, porosas, y que el intercambio cultural (no necesariamente horizontal, recíproco y balanceado) es una característica de los grupos humanos que ha contribuido a garantizar su supervivencia.

El proceso de globalización, al resaltar las conexiones y divergencias entre procesos de orden cultural, social, económico, político, más allá de la localidad, pero operadas en la localidad, ha conducido a la disolución de las comunidades; al menos en el sentido en que tradicionalmente se les ha entendido (Honneth 1995).  Sin embargo, las respuestas locales en este proceso no son homogéneas.  Cada localidad ejerce activamente sus capacidades creativas en procesos distintos de aceptación, apropiación, re-significación, rechazo de imaginarios globales o, en contra, articulando estrategias de afirmación de lo local.  Sin embargo, la afirmación de lo local es vista hoy como moldeada por las mismas tendencias universalizadas de la globalización.  Las distintas formas de nostalgia por el pasado, los usos particulares de la historia y la revitalización de las culturas locales en el mundo global contemporáneo, son posibles a partir de conceptos, valores, movimientos sociales amplios de los que es posible trazar y encontrar sus orígenes en paisajes ideológicos universal-globales (Featherstone 1995, Friedman 1994, Robertson 1992).  Esta nostalgia por lo local, según Friedman (1994:135), da lugar a distintas formas de explicar antropológicamente la creación de identidades a nivel local.  Por una parte, algunas (la culturalista y la perspectiva de invención de la tradición) asumen un conocimiento de la verdad que localmente se desconoce o se oculta.  Por otra parte, las otras relativizan la verdad: una (el primitivismo) asume que las culturas locales son inaccesibles desde la modernidad (las formas culturales son inconmensurables) y otra (la posmoderna) presume una construcción local polifónica de la realidad y las identidades.

El ejemplo mexicano más claro de la posición primitivista es representado por la idea del méico profundo.  Bonfil Batalla (1990/1987) proponía la coexistencia de dos méxicos que no se tocan, el México imaginario de la modernidad y el México profundo de la cultura indígena (existen otros ejemplos similares posturas en América Latina).  Ejemplos de este primitivismo abundan en la literatura antropológica y contribuyen en la construcción de una representación de distintas culturas indígenas y aborígenes del planeta como viviendo en condiciones idílicas de armonía social y con la naturaleza, de igualdad, de solidaridad entre todos sus miembros.  Por esta armonía, se le atribuye a los indígenas y aborígenes una visión holística que les permite ver las conexiones entre los mundos social, natural y espiritual (Nigh 2002 ilustra contemporáneamente esta visión. Ver mis comentarios en la misma publicación).  Estas características convierten a las comunidades indígenas y aborígenes en las comunidades utópicas de los sujetos urbanos, cosmopolitas, desencantados con la modernidad.  Voluntaria o involuntariamente, estos individuos imponen su visión romántica de la comunidad sobre los grupos locales, quienes al apropiarse de esta visión y los valores que la fundamentan, recrean, localmente, versiones de sí mismos que corresponden a nuevas formas de colonialismo cultural (Ayora Diaz 2002)[4].

El hecho es que doquier los antropólogos y antropólogas nos encontremos realizando trabajo de campo, en medios rurales o urbanos, encontramos grupos de personas que se definen a sí mismas como comunidades a pesar de su porosidad, de su fluidez, de su transitoriedad y de sus flagrantes contradicciones.  Encontramos que estos grupos tienen miembros que mantienen una relación cara a cara y miembros que viven y reproducen sus formas culturales en otras partes del mundo.  La migración temporal o definitiva, las diásporas, las expulsiones de comunidades, contribuyen a la creación de formas sociales y culturales de carácter translocal: hoy, por ejemplo, migrantes del centro-oeste y sur de México, en los campos agrícolas del oeste de los Estados Unidos, buscan recrear usos culturales con los que sus amigos y familiares recrean la localidad en sus lugares de origen (Kearney 1996, Torres 1997).  Las formas culturales rompen así las cadenas que las atan a localidades específicas.  La membresía a esas comunidades se vuelve también más flexible.  Por ejemplo, en Chiapas, un grupo de maestros ‘indígenas’ que buscaba formar una organización con carácter legal, debatían quién podía ser aceptado como miembro de su ‘comunidad’.  El consenso que en ese entonces alcanzaron fue que ‘quien sea que se considere a sí mismo como indígena’ (Vargas Cetina 1998) alejándose, al menos por ese momento, de cualquier esencialismo, estratégico o no.  En las ciudades se dan múltiples recreaciones de la ‘comunidad’, caracterizadas también por su carácter de asociaciones voluntarias y volátiles.  Frecuentemente, como entre las comunidades caribeñas en Nueva York, Toronto y Londres, estas agrupaciones reúnen hombres y mujeres que en ocasiones nunca han visitado las islas de donde provinieron sus padres o abuelos, pero mantienen sus lazos con parientes que permanecieron en ellas y buscan tener un impacto en la política y economía local —además de sostener continuos esfuerzos de recreación de una identidad ligada al lugar de origen — (Basch, Glick-Schiller y Szanton-Blanc 1994, Olwig 1993).  Encontramos también la creación de lo que hoy se conoce como comunidades imaginadas; es decir, la ‘comunidad’ nacional, creada por lo que Anderson (1983) ha llamado capitalismo de imprenta.  Esta comunidad reúne individuos disímiles, quienes nunca se conocen cara a cara, pero comparten una colección de símbolos y significados que les permite identificarse como miembros de la misma comunidad nacional.

Ante la necesidad de crear instrumentos conceptuales que nos permitan entender las nuevas formas de comunidad, distintos autores y autoras se han dedicado a repensar la comunidad en ocasiones dejando ver, de manera explícita o implícita, los elementos que fundamentan nuevas utopías de la ‘comunidad’.  Algunos de estos esfuerzos buscan más bien establecer las condiciones para pensar y re-crear comunidades que corresponden a la visión nostálgica-moderna (o en ocasiones francamente anti-moderna) de la comunidad.  Por ejemplo, Kirkpatrick (1986) distingue entre tres tipos de comunidades: aquellas atomísticas/contractuales, las orgánico-funcionales y las basadas en el respaldo mutuo y personal.  Este autor muestra cómo estos modelos se encuentran presentes en la obra de Tönnies, pasando por Hegel, Marx y Whitehead.  Su propuesta moral/normativa es la de la comunidad de respaldo mutuo, ya que, basado en una metafísica explícitamente cristiana, entiende estas comunidades como basadas en la solidaridad, permitiendo que las personas encuentren su realización individual viviendo por los demás en amorosa camaradería (1986:2).  Otro autor (Edge 1994), proclamando sus lazos con la teoría posmoderna, sugiere que existen dos formas de entender las relaciones entre seres humanos, una atomística y otra relacional.  La primera es característica de la modernidad y presume la autonomía de la acción individual.  Dentro de este paradigma (moderno), las relaciones son contractuales.  El posmodernismo, en cambio se caracteriza por la relacionalidad: las personas son lo que son por sus relaciones con otras personas.  Así, propone reconstruir comunidades en las que las relaciones sean las que permitan reconstruir la solidaridad entre las personas.  Por último (aunque los ejemplos abundan), Corlett (1993) sugiere, basado en una crítica Derrideana, que una vez que logremos demostrar el carácter construido de la comunidad, ésta puede fundamentarse en la noción del regalo y su intercambio generalizado.  Es mi posición que, tomando en cuenta los procesos anteriormente mencionados como derivados de la globalización, es posible reconocer, a partir de una crítica posmoderna, las formas y las razones por las que en toda sociedad continúan re-creándose comunidades, evitando caer en la tentación de una propuesta universal normativa de la comunidad[5].

Reconociendo esta fragmentación de la sociedad, o su explosión en distintos y heterogéneos grupos que buscan basar su afiliación en distintas formas identitarias (género, edad, clase social, etnicidad, visión política o/y religiosa, gustos y preferencias personales), distintos autores han buscado teorizar la nueva condición social.  Así, se han generado conceptos tales como ‘comunidades de sentido’, ‘comunidades de estilo de vida’, ‘comunidades expresivas’, ‘comunidades de consumo’, o neo-tribus (Appadurai 1996, Featherstone 1991, Hetherington 1998, Maffesoli 1996/1988).  Estos conceptos hacen referencia tanto a distintas formas de vida basadas en nuevas formas de estructura social como a distintas formas de generar, circular y consumir significados.  Estas nuevas formas de lo social cuestionan los lazos afectivos y de dependencia recíproca que se asumen como característicos de la comunidad ‘tradicional’.  En contraste con ésta, las relaciones en estos grupos se basan en el reconocimiento de paralelos y/o coincidencias en intereses, significados, cosmovisiones y valores, no en su identidad.  Sin embargo, y con frecuencia, los conceptos y propuestas que se derivan del reconocimiento de la existencia de estos grupos nos envían de nuevo a sistemas de valores que norman nuestra comprensión de la comunidad y que pueden orillar en lo totalitario y excluyente.  Maffesoli (1996/1988), por ejemplo, analiza el proceso a través del cual la modernidad nos ha conducido a una mayor fragmentación social que se deriva, en un primer momento de la creciente reflexividad (o individualización) que supone el rompimiento con la comunidad pre-moderna.  Sin embargo, una vez cimentada esta individualidad, grupos de sujetos reconocen que comparten una cierta estética de la praxis social que se puede manifestar en sus gustos, consumo así como cualquier otra forma de expresión estética.  Esto da lugar a comunidades en flujo, transitorias, basadas en una asociación estética y que pueden ser llamadas neo-tribus.  En consecuencia, encontramos en él una noción de comunidad urbana que rompe al menos con la dimensión estática, de permanencia que caracteriza nuestro concepto tradicional de comunidad.

Las implicaciones del concepto de neo-tribu, sin embargo, no son cómodas para la formulación de formas utópicas de comunidad.  Estas ambivalencias aparecen en el trabajo de Hetherington (1998).  Basado en su experiencia personal y sus estudios de comunidades new age, sugiere la necesidad de recuperar el concepto de ‘Bünd’ contrapuesto desde fines del siglo XIX al modelo de Tönnies.  Este Bünd sería una comunidad también de carácter más o menos transitorio y fluido en la que sus miembros encuentran integración gracias a su afinidad expresiva y afectiva.  Estas formas de comunidad dependen de un líder carismático que tiene la habilidad de ordenar y dar sentido a la colectividad.  Sobrepasando el nivel descriptivo, Hetherington considera esto un aspecto positivo/normativo de esta forma de comunidad.  Escribe (1998:98):

Los Bünde son tanto comunidades emocionales como comunidades morales, que involucran formas de acción afectiva y valor-racionales.  Una fuente de su inestabilidad puede encontrarse en el hecho que existe muy poco que puede ser privado para el individuo; el mantenimiento del Bund es prioritario y los deseos del individuo son secundarios a él.  Como consecuencia, sin embargo, la continua autogestión del Bund actúa reflexivamente proporcionando a sus miembros no solamente una identidad colectiva o estilo de vida, sino también un gran nivel de habilidad comunicativa interpersonal que facilita el desarrollo de una nueva o renovada identidad del yo (self-identity).

El problema que encuentro en estas formas de pensar la comunidad es que todas se encuentran, explícita o implícitamente, ligadas a nociones de afinidad, identidad, mismidad y pertenencia (ver también, entre otros, Bell 1999, Bhatt 1999, Fortier 1999).  Mientras que es necesario reconocer que este juego de valores aún predomina en la constitución de muchas nuevas formas de comunidad, al mismo tiempo, estos valores nos alejan de la posibilidad de pensar en comunidades basadas en la diferencia; mientras estas comunidades continúan haciendo mayor o menor referencia a cierta noción de localidad, nos alejan de la posibilidad de pensar en la translocalidad; mientras que estos valores y comunidades mantienen una cierta coherencia basada en una mayor o menor permanencia, nos alejan de la posibilidad de pensar y entender comunidades mucho más fluidas y volátiles.  Pasaré ahora a ilustrar algunas formas que hoy toman las ‘comunidades’ en la sociedad global contemporánea.

Formas de afiliación en la globalización

La globalización cultural, al mismo tiempo que condiciona nuestra vida al iniciar el siglo XXI, imposibilita pensar en comunidades, sea rurales o urbanas, como aisladas de los procesos más amplios en los que se encuentran insertas.  No podemos dejar de reconocer que existe todo tipo de respuestas ante la neocolonización cultural implicada en la globalización: algunas comunidades aceptan de sin cuestionar, otras se apropian y transforman re-significando, y otras resisten las formas culturales universalizadas durante este proceso.  En la globalización, la forma cultural de afiliación más común es el simulacro de comunidad.  Baudrillard (1979) ha desarrollado este concepto para hacer referencia a la pérdida del referente.  En la sociedad de consumo nos encontramos ante un exceso de significados y significantes encadenados, pero desligados del referente.  Estas cadenas de significación impiden, frecuentemente, ver que el referente ha ya desaparecido.  La comunidad, en este sentido, se basa en la existencia de personajes hiper-reales que producen comunidades como contexto que, a su vez, dan sentido a su propia existencia.  Ya que he presentado estos ejemplos de manera extensa, resumo aquí mis observaciones en Cerdeña y en Chiapas (ver Ayora Diaz 1999, 2000).  Para finalizar la sección presentaré un ejemplo de comunidad expresiva en la que las contradicciones que emergen de vez en vez no consiguen cuestionar el carácter absoluto y totalitario de la comunidad.

El simulacro como auto-recreación. 

Durante 1991 y 1992 realicé, para mi tesis doctoral, trabajo de campo en la región Altos de Cerdeña.  La isla, en un sentido geográfico/imaginario, se encuentra dividida entre su región montañosa central y la costa.  La narrativa exotizante sostiene que mientras la población costeña fue víctima de procesos de colonización desde la época de los fenicios hasta el presente, la población de las montañas ha resistido obstinadamente todas las invasiones y se ha mantenido aislada del resto de Europa y sus transformaciones socioeconómicas y culturales.  A fines del siglo XIX, criminólogos italianos visitaron la isla para comprobar sus tesis frenológicas acerca de la naturaleza criminal.  Durante la primera guerra mundial el gobierno italiano creó una brigada especial integrada únicamente por habitantes de Cerdeña; su ferocidad era ya incuestionable.  La sociedad pastoril de la región Altos habría logrado mantenerse sin cambios al menos desde hace 2000 años.  En esta región uno podría, según esta narrativa, encontrar sociedades matriarcales, portadoras de formas culturales y económicas primitivas.  El bandidismo es solamente la forma contemporánea que han tomado las relaciones difíciles entre esta población aislada y resistente al cambio y la sociedad moderna.

Durante la segunda mitad del siglo XX, en un ambiente de guerra fría y anticomunismo globalizante, el gobierno italiano respondió al programa económico e ideológico de los Estados Unidos y sus aliados (ver Latham 2000) implementando varias medidas de desarrollo del sur del país.  En el marco de la cooperación europea, luego de la Comunidad Económica Europeas, y por último de la Unión Europea, se erradicó el paludismo de la isla (en los años cincuenta se le atribuía el subdesarrollo); se crearon polos de desarrollo industrial que gestaron, a su vez, grandes elefantes blancos; se fomentaron cooperativas de producción y, al mismo tiempo, se comenzó a desincentivar la producción agro-pastoril para privilegiar el sector de servicios.  Los pastores del centro de Cerdeña se comparaban, en nuestras conversaciones, con los indígenas norteamericanos.  Por una parte, la post-industrialización europea les cerraba los caminos de empleo fuera de la isla, por otra parte, las políticas económicas europeas condenaban la producción agro-pastoril a permanecer en los márgenes económicos de la naciente Unión Europea; según ellos, como en las reservas de indígenas de los Estados Unidos.  De 1200 habitantes registrados en el censo de Telemula, aproximadamente 700 residían en la comunidad, mientras los demás trabajaban como empleados menores en ciudades del norte de Italia, en Bélgica y Alemania.  A pesar de su residencia fuera de la isla, muchos de estos Telemuleses participaban en la vida política de la comuna (en italiano, comune, comunidad administrativa, pero también social y de medios de producción).  Durante las elecciones nacionales recibían apoyo económico del gobierno para regresar a sus poblaciones y votar.  También, a pesar de la distancia, participaban en la programación de actividades para festejar al santo patrón de la comunidad, y muchos viajaban para participar activamente en las festividades (durante la primavera y el verano).

Los pobladores de Telemula, considerados tradicionalmente como una población pastoril, se dedicaban al inicio de los años noventa a distintas actividades económicas: de 349 individuos registrados como económicamente activos en 1990, únicamente 55 se dedicaban al trabajo pastoril y 10 estaban registrados como trabajadores agrícolas.  El resto de la población económicamente activa encontraba empleo en la construcción, en una maquiladora de la costa, en oficinas públicas, en servicios (como personal de limpieza, meseros y meseras, cocineros, cajeros, enfermeras) y solamente tres personas estaban listadas como profesionales universitarios (Ayora Diaz 1993).  En un ambiente de fragilidad laboral, sin embargo, muchos trabajadores de los sectores secundario y terciario se veían frecuentemente obligados a regresar al pastoreo de animales por algunos meses al año, creando, de esta manera, una experiencia y significado colectivo del pastoreo.  No obstante, este significado y experiencia del pastoreo no eran homogéneos: algunos encontraban en esta actividad atributos positivos y otros encontraban en ella una poco atractiva pero segura fuente de ingreso en casos de necesidad económica. 

Además de esta fragmentación económica del poblado, existía (y aún existe) en él un gran cisma político.  El poblado se encuentra dividido en dos facciones antagónicas que compiten en la toma de decisiones con respecto al manejo de las tierras comunales, compiten por puestos políticos locales y regionales, compiten por puestos de trabajo (generalmente o administrados o recomendados por las autoridades locales).  Esta separación política ha dividido, funcionalmente, a la población y sus servicios.  Por ejemplo, de cuatro bares del poblado, dos son usados por un grupo y los restantes dos por el otro.  Sin embargo, y a pesar de la creciente fragmentación económica y política de la comunidad, los telemuleses han desarrollado al menos dos estrategias para recrear el simulacro de la comunidad de Telemula.

Primera: En la vida diaria, los telemuleses se reúnen diariamente en cualquiera de dos bares para intercambiar información acerca de los eventos o procesos políticos locales y regionales, así como acerca de los incentivos que la Unión Europea pone a su disposición.  También llegan a acuerdos con respecto a la programación y escalonamiento de sus trashumancias, de la trasquiladura de las ovejas, de las fiestas diversas que se programan durante la primavera y el verano.  En los bares uno encuentra hombres y mujeres, pobladores ancianos y jóvenes, e integrantes de las distintas ocupaciones presentes en el poblado.  Aunque en cada bar existen clicas (grupos de amigos y amigas que se sienten unidos y generalmente socializan juntos), los distintos grupos, de manera general, incluyen  hombres y mujeres de distintas edades y ocupaciones.  Se crea diariamente en los bares un sentido de camaradería en el que todos los integrantes de cada clica intercambian rondas de bebidas (café, jugos de fruta, cerveza o vino).  Nadie intenta presumir su mayor capital económico o cultural y se esfuerzan por mantener un ambiente igualitario.  Los desacuerdos o conflictos interpersonales son, generalmente, encubiertos y se reservan espacios menos públicos para su resolución.  En este ambiente se recrea cotidianamente la comunidad, olvidando que en otros dos bares del poblado una parte importante del poblado no está de acuerdo con ellos ni política ni económicamente, ni sostienen los mismo valores y visión del mundo.

Segunda: El simulacro se amplia para incluir a la facción contraria en ocasión de las festividades anuales del poblado: las fiestas patronales de San Efisio, Santa Marta la grande y Santa Marta la chica.  Para estas fiestas los telemuleses contribuyen a un fondo común que permite patrocinar la fiesta pagando los servicios de poetas, de músicos y cantantes que actúan para el beneplácito de todos los asistentes.  Telemuleses radicados en otras partes de Italia y Europa viajan para participar en las actividades lúdicas comunales.  Habitantes de poblaciones circunvecinas visitan el poblado y sus amigos y amigas locales sin tener que pagar por la diversión (esto contrasta con la práctica, menos cortés y hospitalaria desde el punto de vista local, de las poblaciones costeñas de cobrar a los asistentes a las actuaciones artísticas de las fiestas patronales).  En estas ocasiones festivas, las fronteras entre las facciones desaparecen.  Independientemente de la facción de afiliación, cualquier telemulese puede invitar a cualquier visitante conocido a cualquier bar, asistir a él, saludar cortésmente a los demás clientes, intercambiar rondas y conversación (aún cuando sea superficial) con ellos (Ayora Diaz 2000a).  En estas ocasiones festivas no es exactamente liminalidad lo que caracteriza a las relaciones sociales; por el contrario, en un ambiente de competencia regional por los recursos del Estado italiano y la Comunidad Europea, los telemuleses ofrecen la imagen de una comunidad unida, armónica, libre de conflictos, lista a participar colectivamente como comunidad en la lucha por recursos económicos y políticos.  Así, basados en una construcción nostálgica, los telemuleses re-crean sea regional o localmente, sea festiva o cotidianamente, el simulacro de su comunidad.  De una comunidad que dejó de existir desde hace mucho tiempo.

El simulacro comunitario como hetero-recreación.  Sin menospreciar el hecho de que en el caso de Cerdeña existen dimensiones externas al grupo local que contribuyen en la creación del sentido de comunidad y en la elaboración de sus simulacros, los habitantes de Telemula han logrado apropiarse, al menos en circunstancias y tiempos limitados, de la auto-generación del simulacro de la comunidad telemulese.  En la región Altos de Chiapas, donde habité y conduje trabajo de campo entre 1993 y 1999, el simulacro de comunidad, recreado por médicos locales en San Cristóbal de las Casas y en otras localidades de la región, se origina principalmente en el imaginario nostálgico/romántico de la comunidad  perteneciente a los no-indígenas que actúan sobre la forma que las organizaciones indígenas han tomado durante los últimos 20 años[6].  En Chiapas, desde los años cuarenta, el Estado mexicano ha luchado por erradicar formas culturales ‘primitivas’ que obstaculizaban el proceso de modernización de la sociedad mexicana.  Este era un esfuerzo mayor de asimilación de las culturas indígenas al proyecto nacional de un estado-nación inconfundiblemente moderno.  Entre otros problemas que se derivaban de la cultura indígena, el Estado, a través de sus agencias indigenistas había identificado la medicina ‘tradicional’, practicada por los indígenas, como nociva para la salud pública nacional y un obstáculo en la adopción de la medicina racional, moderna.  Así, las actividades del INI, desde 1948 hasta el inicio de los años setenta, estuvieron encaminadas a fomentar la medicina moderna y desplazar la medicina ‘tradicional’ en las preferencias médicas locales.

A partir de la década de los setenta, médicos cosmopolitas con un proyecto político de izquierda se unieron al esfuerzo del gobierno mexicano por recuperar y fortalecer las medicinas locales.  En un nuevo ambiente global multicultural, el gobierno mexicano decidió limpiar su imagen y esquivar las acusaciones de genocidio cultural, entonces lanzadas en su contra, y aceptó públicamente que la medicina ‘tradicional’ era un recurso valioso para las poblaciones pobres, rurales y urbanas.  Algunos de los médicos con formación cosmopolita universitaria que llegaron en ese tiempo a Chiapas cargaban una mirada anti-moderna y utópica comunitaria.  Un asesor de la organización, en conversación conmigo, señalaba que, desde su perspectiva, las posibilidades de realización para la medicina ‘indígena’ radicaban en el modelo de los médicos descalzos de la China maoísta.  Desencantados con el capitalismo y la alienación moderna urbana de la ciudad de México, un número de médicos cosmopolitas migraron al estado de Chiapas para unirse al esfuerzo por recuperar o preservar la cultura indígena[7].  Sea como parte del personal del Instituto Nacional Indigenista (INI), o periféricos a esta organización, estos médicos comenzaron a asesorar un grupo de médicos locales de la región Altos sugiriendo formas de organización y de captura de financiamientos.  Al inicio de la década de los ochenta lograron conformar una organización de médicos indígenas que sobrevive hasta el presente gracias al continuo flujo de recursos tanto de parte del gobierno chiapaneco como del mexicano, así como de organizaciones no gubernamentales europeas y norteamericanas.  La imagen pública de esta organización está basada en la medicina herbolaria, aunque ésta juega un papel menor en las formas locales de curación (Ayora Diaz 2002).

El contexto en el que esta organización debe desenvolverse es, como en el caso de Cerdeña, uno de fragmentación social.  A pesar de los esfuerzos del movimiento pan-Maya (basado en Guatemala), los distintos grupos maya-hablantes del estado de Chiapas se perciben como distintos los unos de los otros.  No solamente existen 14 distintos idiomas de la familia maya en el estado, aún dentro de cada grupo lingüístico existen diferencias percibidas como irreconciliables (o, al menos, de difícil superación).  Por ejemplo, mediado por una larga historia de relaciones desiguales de poder, originadas en formas desiguales de alianza con fuerzas foráneas (aztecas en la preconquista, españoles durante la colonia), los zinacantecos encuentran difícil reconocer la humanidad de sus vecinos chamulas (García de León 1985, Wasserstrom 1983).  Aunque el movimiento neo-zapatista desde 1994 hasta el presente ha articulado un número de propuestas étnicas homogeneizadoras de las distintas culturas locales, las diferencias entre los grupos se manifiestan periódicamente de manera violenta.  Más aún, al interior de cada comunidad, como resultado de la apropiación de discursos universalistas que orientan distintos movimientos identitarios globales han conducido a una mayor y progresiva fragmentación.  Demandas de género, étnicas, religiosas, político-partidistas, económicas (acceso a tierra, a ayuda financiera) han dividido la región y el interno de las comunidades (Ayora Diaz 2002)[8].

En este contexto, la organización de médicos indígenas de San Cristóbal de las Casas ha establecido una serie de condiciones necesarias para obtener membresía en ella.  Aunque un sujeto, hombre o mujer, sea localmente reconocido como poseedor del don de curar (otorgado única y exclusivamente por dios), no puede solicitar de manera individual su afiliación a la organización.  Debe de obtener que en asamblea comunal la comunidad (1) lo reconozca como su médico ‘tradicional’; (2) asigne una porción del territorio comunal para el cultivo de plantas medicinales; (3) el cultivo y cuidado del jardín de plantas medicinales deberá ser colectivo y el médico local solamente administrará el recurso comunitario; y (4) el médico tradicional no recibirá un ingreso de parte de la organización y deberá de sostenerse económicamente con las donaciones voluntarias de los enfermos y enfermas que él o ella logre curar.  Son, me parece, evidentes los valores y la visión utópica de comunidad que subyacen en estos criterios de membresía: el médico indígena es parte de una comunidad que alcanza decisiones consensuales, mantiene un régimen comunal de propiedad, trabajan colectivamente por el bien común y el intercambio es balanceado (si es que no generalizado).  En las condiciones actuales de fragmentación social y cultural de las poblaciones de la región, aquellos que por distintos motivos aspiran a obtener la membresía en la organización deben de esforzarse en reconstruir un simulacro de comunidad para legitimar su solicitud de pertenecer a la organización[9].

Así, mientras en Cerdeña se ha dado un diálogo a través del cual se han creado las condiciones para la generación local de un simulacro de comunidad, en Chiapas los médicos indígenas han debido someter su comprensión local de las fuentes del poder de curar a la racionalidad moderna de sus asesores y se ven en la necesidad de aceptar una forma colonial romántica de la comunidad como su propio simulacro.  En el ejemplo con el que comencé este ensayo he descrito también una forma más expresiva de reconstruir comunidades basadas en la coincidencia de intereses, de estilos de vida y de visión del mundo.  Expandiré ahora ese ejemplo.

La comunidad expresiva: tentaciones totalitarias y contradicciones.  Aunque existen distintas formas de comunidad expresiva en los Altos de Chiapas, me parece ejemplar el caso de la comunidad de simpatizantes del movimiento político neo-zapatista[10].  Muchos de los asistentes a la fiesta del 4 de julio con la que comencé el ensayo participan diariamente en la recreación de una comunidad amplia de tipo translocal.  Sus integrantes pueden conocerse cara a cara e interactuar en San Cristóbal, o mantienen vínculos con otros simpatizantes en otras ciudades o poblados de Chiapas o de México (entre quienes algunos ocasionalmente visitan el estado de Chiapas en alguna de las múltiples caravanas que han llegado a la entidad, y otros son virtuales y mantienen sus lazos a través del Internet (ver Leyva Solano 2001).  Muchos integrantes de esta comunidad expresiva poseen la certeza de que la voz del líder político del movimiento debe mantenerse indisputable para no debilitar el movimiento.  Toda disidencia es silenciada, sea censurando al herético o expulsándolo de la comunidad.  Una coincidencia entre los miembros de esta comunidad es su rechazo de la sociedad moderna mexicana, de la globalización (entendida en su reducción a las políticas económicas neoliberales) y su apego afectivo y romántico a formas pre- o anti-capitalistas de comunidad.  En efecto, en conversaciones con miembros de esta comunidad era común encontrara que la percepción que ellos y ellas tenían de las comunidades de bases de apoyo zapatista es que ellas rechazan la modernidad, se aferran a la cultura tradicional, mantienen una visión armónica de la sociedad, de los seres humanos con el cosmos y el mundo espiritual, y que estas formas tradicionales son superiores a la sociedad moderna.  Toda sugerencia en sentido contrario era inmediatamente silenciada.

Miembros de esta comunidad expresiva se sentían, no solamente solidarios entre sí, sino en plena solidariedad con las comunidades indígenas.  La jerarquía entre los miembros de la comunidad podía establecerse claramente: algunos y algunas organizaban caravanas nacionales e internacionales de ayuda para las comunidades indígenas de bases de apoyo zapatista (las demás eran excluidas de toda ayuda), otros y otras trabajaban periódicamente como asesores de las comunidades indígenas y campesinas de base, otras organizaban círculos de protección durante los congresos galácticos e intergalácticos; muchas de estas personas se convertían en guardianes de la unidad del movimiento.  Muy valioso como índice de legitimación era una foto propia en compañía del máximo icono del movimiento.  Sin embargo, esta solidaridad afectiva y expresiva mostraba ocasionalmente fracturas reveladoras.  Por ejemplo, un día, un hombre de aproximadamente 50 años, quien previamente me había mostrado orgullosamente su fotografía en compañía del líder, se quejaba de su mala suerte.  Aunque hacía no muchos años que había migrado a San Cristóbal, recientemente había adquirido un terreno en la periferia de la ciudad.  Para su desgracia, me decía, un grupo de indígenas había ocupado los terrenos que rodean al suyo, de esta manera depreciándolo, ya que ‘porque los son indígenas muy sucios’, nadie le pagaría un buen precio por su terreno cuando decidiera venderlo.

En otra ocasión, durante la segunda mitad de los noventa, se organizó una marcha para reclamar al estado que asegurara el ‘estado de derecho’ e hiciera respetar las leyes.  La marcha había sido organizada por grupos identificados localmente como de izquierda y de simpatizantes del movimiento indígena, algunos de ellos miembros de ONGs que apoyaban políticamente la toma de tierras en las regiones del movimiento, explicando estos eventos como la ‘recuperación’ de tierras de las que los indígenas habían sido históricamente e ilegítimamente desposeídos.  Sin embargo, cuando grupos de indígenas expulsados de sus comunidades comenzaron a ‘recuperar’ tierras en la periferia de la ciudad, y los miembros de la comunidad expresiva encontraron ocupadas algunas de sus propiedades, inmediatamente se organizaron para reclamar el respeto a la ley.

Resquebraduras aparte, la comunidad expresiva translocal descrita cumple con su función de dar un marco de coherencia y significado a las acciones y a la cosmovisión política y (contra)cultural de sus integrantes.  Como Hetherington (1998) señala, estas comunidades se aglutinan alrededor de un líder carismático quien cumple con la responsabilidad de articular el sentido de propósito en la vida cotidiana de los integrantes; y como en el modelo de Bünd que presenta, estas comunidades se basan en la coincidencia de afectos y tienen poca tolerancia para el desacuerdo, creando así las condiciones para un cierto grado de transitoriedad en la afiliación.

Simulacros de comunidad o comunidades expresivas, todas estas son ‘comunidades’ que enfatizan los aspectos que permiten recrear una identidad común.  En todos estos casos el simulacro de comunidad surge del juego de fuerzas e intereses locales-particularizados y global-universalizados.  En estos casos una visión reducida de lo local nos llevaría a perpetuar el modelo clásico de definición (o variaciones de él) de la comunidad, ya que lo que uno encuentra localmente es la dimensión expresiva y afectiva de la comunidad.  Sin embargo, si reconocemos las interacciones global/locales y el hecho de que es la translocalidad de estos fenómenos permite recrear estas comunidades, comenzaremos a cuestionar de manera más crítica la retórica comunitaria basada en la identidad, creando así la posibilidad de pensar y entender formas de afiliación basadas en la diferencia.

Diferencia y ensamblajes sociales

Este inicio de siglo presenciamos la continuidad de las políticas multiculturales que se gestaron y consolidaron durante la mitad del siglo XX.  El lenguaje de tolerancia del Otro (al que se aferran aún los políticos conservadores) es lentamente desplazado por el de reconocimiento y respeto de los demás.  Mientras el lenguaje de tolerancia reproduce las relaciones estructurales de poder (es quien tiene poder quien tolera; quien no lo tiene, solo puede aspirar a ser tolerado), el lenguaje de respeto y reconocimiento intenta, gradualmente, cuestionar la estructura dominante de dominación y subordinación cultural, social y política.  Taylor (1994), por ejemplo, disputa la certeza de superioridad y la universalidad de los valores culturales gestados en las culturas del atlántico norte.  En el mundo global, existen discursos culturales particulares que han sido universalizados y presentados como aculturales, subordinando las demás formas que son entonces subordinadas como locales y culturales (Taylor 1999).  Por su parte, Honneth (1995a) sugiere la necesidad de generar formas de reconocimiento que creen la solidaridad entre sujetos marcados por la diferencia.  Desde su perspectiva, esta solidaridad solo puede darse si se reconoce un igual valor a las distintas formas culturales y el respeto y reconocimiento parten de la relativización de la propia forma cultural.

En la sociedad multicultural, (pos)moderna, como sugiere Martin (1992:1): “El significado de la comunidad está en peligro”.  Sin embargo, la comunidad que peligra es aquella que condiciona su existencia a la identidad, a la homogeneidad y el consenso como expresiones de una supuesta armonía e igualdad de sus integrantes.  Hoy, cuando la cultura se desterritorializa y se re-territorializa con los movimientos de la población, cuando los movimientos crean formas translocales de sociedad, cultura y política, se favorece la coexistencia y participación en empresas comunes por parte de individuos aparentemente diferentes.  Un ejemplo radical que cuestiona nuestras premisas comunitarias es el del grupo de composición heterogénea normalmente descalificado políticamente como ‘globalifóbico’.  Aquí encontramos marchas y protestas en las que el objetivo común es el de cuestionar las desigualdades económicas y políticas y el olvido ambiental por parte de estados nación y corporaciones transnacionales.  Estas comunidades efímeras, volátiles, transitorias y translocales reúnen a grupos de izquierda, centro, derecha, anarquistas, de derechos humanos, ambientalistas, de homosexuales, de mujeres, de campesinos, estudiantes y obreros, entre tantos.  Este ensamblaje toma como punto de referencia y significación los valores y retórica comunitaria.  Sin embargo, su heterogeneidad contradice la premisa de identidad que subyace en la forma ‘tradicional’ de entender la comunidad.  Por supuesto, ésta, como las comunidades expresivas y los simulacros de comunidad recreados en todo el mundo, corren el riesgo de volverse totalitarias.  La tentación del discurso identitario es siempre fuerte y, ante la demanda de homogeneidad, las nuevas comunidades terminan resquebrjándose.  Hasta el momento, existe poca disposición a articular una práctica de la diferencia que permita la formación consciente de ensamblajes.  Estos, basándose en el reconocimiento y respeto de la diferencia, tendrían mayores posibilidades de supervivencia como comunidades expresivas y/o imaginadas (o no requerirían, necesariamente, de sobrevivir como condición para su existencia y sentido de sí).

Martin (1992) sugiere que existe la necesidad de formular estrategias en las que se reconozca que:

El Otro no puede hablar el lenguaje de la mismidad. “La imposición de este lenguaje.(…) es una manera de mantener silenciado al otro”. (p. 146)

El lenguaje de la mismidad no es monolítico.  “El Lenguaje de lo Mismo, sin embargo, intenta destruir sus propios recursos semánticos en favor de la mismidad, a favor del Nombre”. (p. 146)

Es necesario abrir un claro (clearing) en el que la voz del Otro puede ser escuchada. (146-147)

Necesitamos reevaluar nuestra comprensión de ‘autonomía’.  “Ninguno de nosotros decide en nuestro propio nombre, muchos menos en nuestro propio ‘vocabulario’ (…).  Tener un nombre es ocupar un lugar en el discurso, y ninguno de nosotros puede crear ese lugar por sí mismo… Por tanto, lo que es necesario es una política que no depende fundamentalmente de una noción o teoría del sujeto”. (148)

Es necesario formular políticas que asuman conscientemente su transitoriedad.  Sino se corre el riesgo del caer en un reformismo impreciso (148-149).

Es necesario, por último, definir el destino de la política de transición, de otra manera carecería de sentido (Se necesita responder l pregunta: ¿Transición hacia qué?) (149)

Estas estrategias están basadas en, y nos llevan necesariamente a, la necesidad de reconocer que en el presente las comunidades no son excluyentes sino inclusivas; que lo que se incluye es la diferencia y, por necesidad, esta diferencia cuestiona la mismidad, la presunción del consenso y de la armonía de opiniones y valores como condiciones sine qua non de la comunidad.

En este sentido, y partiendo de la filosofía de Deleuze, Patton (2000) sugiere el concepto de ensamblaje.  Las agrupaciones contemporáneas o ensamblajes, al surgir de procesos de desterritorialización, al incluir en ellas la diferencia y la multiplicidad, tienen cada vez más la tendencia o la disposición a articular grupos o individuos con orígenes culturales, étnicos, sociales, económicos religiosos de distinta naturaleza.  Estas ya no pueden ser pensadas como comunidades en el sentido clásico.  Lo que encontramos son ensambles que resultan en una máquina social y en su correspondiente máquina virtual.  La primera es la totalidad de los diferentes componentes del ensamble, mientras la segunda corresponde a la estética, a la política, a la ética que proporciona un sentido, una dirección y un propósito al ensamblaje[11].

Para concluir, me parece necesario reconocer que las asociaciones humanas en la sociedad contemporánea presentan características comunes, sea en espacios rurales o en urbanos (sin olvidar las ‘comunidades virtuales’ del Internet, que en el espacio de un ensayo es difícil reseñar sin alargar demasiado el argumento).  Por supuesto, estas características se encuentran, en distintos grupos, en distinto grado y con distinta importancia.  Pero hoy, lo que encontramos son complejas articulaciones de lo global y lo local que dan lugar a formas translocales de cultura y organización social, encontramos migraciones y desplazamientos diversos que des- y re-territorializan culturas y ‘comunidades’.  La homogeneidad y la mismidad reencuentran en progresiva quiebra.  Sin embargo, así como la modernidad fue gestada con su hermana gemela, la nostalgia por el Gemeinschaft, las fuerzas que en la sociedad contemporánea cuestionan la integridad de la comunidad ‘tradicional’ generan, a su vez, esfuerzos por recrear, sostener comunidades basadas en la mismidad, en el silencio del Otro, en el consenso y en la ideología de armonía e igualdad social.  En consecuencia, necesitamos reconocer que se mantiene la experiencia estética, expresiva, subjetiva de la comunidad en muchos espacios en los que, con la ilusión de localidad, se recrean simulacros comunitarios.  Sin embargo, también necesitamos reconocer que estos simulacros se basan en el ocultamiento de la diferencia, en la supresión del Otro.  Por ello es imposible todavía (y será imposible por mucho tiempo aún) desplazar totalmente el concepto de comunidad.  Sin embargo, necesitamos, desde una postura analítica, reconocer que la ‘comunidad’ es imaginada y producida siempre en condiciones distintas y en detrimento del reconocimiento de la presencia del Otro.

Hoy no es posible sostener la existencia de una forma social o concepto universal de ‘comunidad’.  En cada lugar donde se reterritorializan las culturas los ensamblajes de individuos se relocalizan a partir de imaginarios e intereses diversos que permiten la recreación de formas de asociación que, en ocasiones, resultan en simulacros de la comunidad tradicional.  Sin embargo, en ocasiones la marca distintiva de nuevo ensamblaje es la heterogeneidad, el pluralismo, la diferencia como valores articuladores y significantes de la acción social.  Estamos ya cada vez más lejos, frecuentemente, de las formas ‘naturales’ de ‘comunidad’.  En la sociedad contemporánea, los nuevos ensamblajes translocales son particulares y no universales; por tanto, son diferentes los unos de los otros y, por otra parte, en vez de ensamblajes homogéneos, los ensamblajes de esta transición de siglos incorporan, cada vez más, la diferencia.  Aunque no quisiera sostener que el proceso de transición hacia los ensamblajes de la diferencia es inexorable, es claro que hoy nos encontramos en una condición sociocultural que favorece la aparición y consolidación de esta forma de sociedad.  Depende de nosotros como colectividad imaginada el escoger el rumbo de nuestras sociedades y el sentido/dirección de nuestras utopías.

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* Facultad de Ciencias Antropológicas. Universidad Autónoma de Yucatán. siayora@prodigy.net.mx

[1] En distintas ocasiones, investigadores o investigadoras, así como activistas políticos, afirmaban orgullosamente el no tener amistad con ningún coleto o coleta (gentilicio local de los habitantes de la ciudad, a veces con connotaciones despectivas y a veces reivindicativas).

[2]  En esto Robertson difiere de Giddens (1990).  Giddens plantea que la globalización es una consecuencia de la modernidad, mientras que, por sus raíces más antiguas, Robertson plantea que la globalización, como proceso, precede al movimiento de Ilustración y progreso que hoy identificamos ‘universalmente’ como modernidad.  En otro lugar, basados en los trabajos de Gaonkar (1999) y Taylor (1999) cuestionamos esta universalidad de la modernidad (Ayora Diaz y Vargas Cetina 2001).

[3] No estoy sugiriendo que existen solamente en la mente.  Sin embargo, la modernidad, y el concepto de comunidad que surge con ella, son productos históricos de la experiencia europea.  Al ser apropiadas por otras sociedades se contribuye a la consolidación de su legitimidad como formas universales de vida en sociedad.

[4] Este primitivismo ha dado lugar a reacciones viscerales de parte de algunos antropólogos que mantienen una fe incuestionable en el valor universal de la modernidad y ve estas construcciones primitivistas como un obstáculo en la marcha inexorable del progreso y la modernidad.  Un ejemplo de esta reacción es el trabajo de Sandall (2001) quien confunde las posiciones que Friedman (1994) distingue como primitivista y posmoderna.  Para Sandall, ellas son solo una posición, la primitivista, y ésta actúa en contra de los indígenas y los beneficios que les traería la modernidad.

[5]  En última instancia, una posición como la que aquí sostengo es víctima de la paradoja que aqueja al relativismo (por ejemplo); es decir, la propuesta es lo suficientemente abierta como para acomodar distintos experimentos sociales pero, por necesidad, es incompatible con grandes narrativas universales que tienden a homogeneizar los fenómenos que describen.  Esto es porque las últimas se asumen como aculturales, mientras que mi interpretación parte de la inevitabilidad de la cultura: los individuos, de acuerdo con sus sistemas de significación (híbridos en sí mismos) se apropian de formas y sentidos distintos de la organización social, dándoles, en consecuencia, distintos significados.

[6] Para una discusión y descripción detalladas de estos procesos ver Ayora Diaz 2002.

[7] No podría sostener que todos o todas las médicas que llegaron a Chiapas desde el centro del país traían esta visión.  En efecto, una médica con formación social, en varias ocasiones me indicó que, desde su manera de entender la salud, la medicina ‘tradicional’ era nociva para los indígenas.  Otros médicos y médicas abrieron clínicas de atención médica cosmopolita y se mantuvieron alejados de, y desinteresados en, las medicinas locales.

[8] No es mi intención, en lo absoluto, sugerir que las condiciones anteriores eran mejores.  Solamente subrayar que la fragmentación y desigualdades precedentes no han sido sino desplazadas por una nueva fragmentación, aparentemente más extrema o, al menos, más evidente.

[9] En otro lugar (Ayora Diaz 2002) describo cómo médicos hablantes de Tojolabal que han sido aceptados para trabajar en una clínica cosmopolita son amenazados, cada vez que solicitan un salario por parte del hospital, con tener que entregar un reconocimiento por parte de la organización.  Localmente la organización se ha establecido como la fuente de legitimación de otros médicos locales (aunque no todos tengan interés en ese reconocimiento, al menos hasta ahora).

[10] Debo declarar que, en lo personal, simpatizo con las demandas del movimiento neo-zapatista y entiendo cómo se ha creado el sentido de inevitabilidad de la lucha armada (aunque no estoy de acuerdo en el uso de las armas en ningún caso).  Sin embargo, me parece necesario señalar que muy frecuentemente los miembros de esta comunidad expresiva asumen posturas totalitarias que quizás aseguren una imagen de cohesión pero que seguramente tendrán repercusiones negativas a largo plazo.

[11] Patton (2000) compara esta relación como aquella entre el hardware y el software de una computadora.  El primero es una articulación de partes distintas en formas funcionales.  Pero una computadora carece de propósito hasta el momento en que añadimos el software.  Entonces la computadora puede servir para diseño gráfico, para escritura, para computaciones matemáticas o lo que el software le habilite para hacer.

 

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