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Etica Kantiana y Budismo: El ser humano como Philontos.

Antonio Palomo-Lamarca*

 

La atención es el camino hacia la inmortalidad,
La inatención es el sendero hacia la muerte.
Los que están atentos no mueren.
Los que que estén inatentos son como si ya hibieran muerto.

Dhammapada.

Abstract Resumen

The following article deals with the problem of ethics and illness from a kantian perspective.  This perspective is analized from a Buddhist point of view, where the path of enlightenment is at the same time a path of morality.  If Buddhism has called Boddhisatva  to the person who travels this path, our parallel in our Western culture is denominated by the present author with the name of Philontos.   Therefore, Philontos is the person who travel the path of enlightenment keeping in mind racionality and moral purposes, without expecting any reward.  At the same time, theres is a connection between this path—or the way we travel in it—and the concept of illness.  Indeed, illness is the result of a life without moral purposes and lacking of inner consciousness about ethics.  As examples, the author implements Buddhism and Kantian ethics as strategies. 

 (El siguiente artículo discute el problema de la ética y la enfermedad desde un punto de vista kantiano.  Esta perspectiva es analizada desde un ángulo Budista, donde el camino de la iluminación es al mismo tiempo, el camino de la moralidad.  Si el Budismo ha llamado a la persona que viaja por este camino con el nombre de Boddhisatva, nuestro paralelo occidental es introducido por el autor de este artículo con el nombre de Philontos.  Philontos es, pues, la persona que viaja por el camino de la iluminación sin olvidar la racionalidad y los propósitos morales, ni querer  una recompesa por ellos.  Al mismo tiempo, se da una conexión entre este camino—o el modo en que caminemos por él—y el concepto de enfermedad.  Por ello, la enfermedad es vista como el resultado de una vida a-moral, y carente de consciencia interior sobre la ética.  Como ejemplos, el autor nos ofrece el Budismo y la ética kantiana como estrategias.

Índice

I. Contexto mistérico y sanador de philontos.

II. Contexto Budista de philontos en la ética kantiana.

III. Philontos en su contexto filosófico-moral y espiritual.

IV. Fisiología Kantiana y moral Budista.

V. Conclusión.

 

I. Contexto mistérico y sanador de philontos.

La filosofía kantiana podría ser sumarizada en dos conceptos básicos: el concepto de tiempo, y el concepto de espacio.  Sin embargo—contraviniendo el escolasticismo académico—también podríamos decir que el concepto de moralidad está implícito en aquellos mencionados.  La moralidad, propiamente dicha, posee un tiempo y un espacio determinados, en los cuales, termina formándose como punto de partida eticista dentro de una sociedad.  Kant toma y disecciona la moral como un elemento básico en toda sociedad y vida humana.  Para él, la moral situada en el tiempo y en el espacio es una moral utilitarista, y sobre todo relativista en su medida y entorno.  La ética kantiana es una ética que está por encima del tiempo y del espacio.  Todo su esfuerzo es precisamente por delimitar una moral no-relativista, sino universal; una moral que dándose en las coordenadas del espacio y del tiempo esté por encima de ellas, pues, se trata de una moral universal, o sea, de una moral que pasa a ser Ley Universal[1][1].  Esta Ley Moral-Universal es lo que da entrada, más tarde, a lo que él denominaría Idealismo Trascendental.  Este tipo de vida moral debe de ser gobernada por la así llamada Ley Moral, la cual es producto de la intuición o voluntad puras, las cuales están fuera del espacio y del tiempo.  Consecuentemente, si la ley moral no tiene ni tiempo ni espacio, debería de ser encasillada en la esfera de lo que yo llamo philontos.

 ¿Qué es philontos?  Philontos es un modo de vida moral, un estilo de vida con principios ético-medicinales, con ello quiero dar a entender que tanto los fundamentos como las metas de la moral philontos son meramente médicas, es decir, curativas.  Obviamente, esto necesita una ulterior explicación que se irá derivando poco a poco a lo largo de mi tesis.  Tal explicación médico-moral viene dada en la ética kantiana mediante el uso de la razón práctica.  Es la praxis lo que define el ritmo de la moral philontos.  Este estilo de vida, es un estilo de vida centrado principalmente en la salud, y ésta conectada con nuestras acciones morales (praxis)[2][2].  El eslabón conector entre ambos lados viene dado mediante el amor.  Es el amor el que conecta nuestras vidas con nuestra salud, o mejor dicho, es la consciencia del amor lo que une nuestro ego con nuestra salud.  Una toma de consciencia en el amor es el primer paso a la negación del “self,” del ego de esa yo-deidad que salpica su identidad limitante y limitadora.  El sentido del amor es precisamente el rescatarnos de la tiranía de nuestro ego-ísmo, pues el mayor dictador es nuestra yo-idad.  Este amor debe de ser dado en el ser humano mediante una acción práctica philontos, donde el amor (philos) hacia todo ser (ontos,) sea viviente, o no viviente, hace una especial conexión sanadora con nuestro cuerpo.  El cuerpo no es repudiado, sino ensalzado como vehículo, como herramienta que nos lleva hacia-o-nos facilita nuestro objetivo: la Ley Moral. 

El philontos es un hombre/mujer cuya primaria meta es el amor a todos los seres existentes en todas las esferas.  El cuerpo es, pues, un objeto a cuidar, un trozo de nuestra realidad bastante valioso que debemos cuidar y cultivar en todos sus aspectos dimensionales.  La medicina moral se transforma en medicina espiritual, y ésta, a su vez, en medicina corporal.  La clave está en el movimiento moral, pues el espíritu en su estado puro es quieto y contemplativo.  Es la moral, las acciones morales a través de la praxis, lo que pone en movimiento nuestro cuerpo al mismo tiempo que ellas mismas son movimiento puro.  La moral es un movimiento puro de nuestra mente direccionado a lo exterior de nuestro cuerpo, y con directa influencia en el interior de él.  Se trata de un arma de doble filo.  El philontos vive el vértigo del movimiento moral en sus propias carnes, siendo consciente de cómo la mente controla nuestros movimientos corporales, así como nuestras acciones.  La verdadera transformación espiritual empieza con la aceptación y práctica de la Ley Moral como conato Universal: desear en los demás lo que uno desea para sí mismo.  Pero este deseo debe de ser un deseo desprovisto de “deseo” propiamente dicho.  Uno no puede desear como producto de soberbia, o de pasión del alma.  El deseo en aquel caso ha de ser un deseo de “corte limpio,” sin sangre en el camino.  Si fuera un deseo pasional, la Ley Moral quedaría aniquilada por ende.  Por ejemplo, yo puedo desear mi propia muerte pues la ansiedad me invade, pero si lo aplicamos al estilo “lógico-kantiano,” restaría que igualmente estoy deseando la muerte de los demás pues yo la deseo para mí mismo.  Sin embargo, nada más lejos del philontos.  Tal deseo es un deseo rasgado y con sangre, no hay un corte limpio en su origen: su procedencia es la pasión.  Estamos hablando aquí de ideas pasionales referentes al ego, o al concepto de ego que desarrollamos a lo largo de nuestra vida.  Tal concepto de egoísmo debe de morir si ha de nacer el philontos, de otro modo, es una constante lucha contra-nosotros-mismos que estamos librando por siempre que estemos conscientes-y-vivos.  Pero tal lucha acaba no en la muerte, sino en la vida, pues sólo en la vida puede alcanzarse la redención si es que ésta ha de ser eterna.  Hemos de aprender a redimirnos y esta tarea –la más ardua de todas, ha de empezar con la transformación del ego.  Es mi tesis que tal transformación puede llegar a producir verdaderas curaciones en los cuerpos enfermos, y que enfermedades que se tienen por incurables bien pueden ser curadas de repente. 

El verdadero milagro surge dentro del self como una luz radiante que proyecta su alegría-de-vivir hacia el exterior, como una fuerza redentora que cura todo lo que a su alcance se ponga.  Un ejemplo viene dado en el modo tan extraño como los niños (esas almas tan esencialmente puras) pueden llegar a sanar tan rápidamente, como cuando estando enfermos están aún llenos de vitalidad y lo más importante: de alegría. El niño es el perfecto philontos.  El es capaz de morir en-sí-mismo.  El niño es aquel que ha llegado a aniquilar su ego, es aquel que nace como niño; aquel que su corazón ha vuelto a su esencia, a su niñez.  Sólo de ellos será el Reino de los Cielos…en el sentido mistérico de que hay que matar al Yo para entrar en El, es decir, hay que olvidarse totalemente del ego para entrar en el Paraíso[3][3].  Y la llave es el Amor.  El amor es un sentimiento puro-a priori que existe en todo ser viviente.  El amor es un sentimiento de des-cubrimiento.  El que ama primero siente admiración, y en su admiración se produce el sentimiento de respeto.  Primero aprendemos a admirar y a respetar, después a duras penas aprendemos a amar.  Por eso, el amor más sublime de todos es el amor a Dios, al Infinito o a la Suprema Realidad de todas: lo Absoluto.  Una vez que miramos al frente empezamos a admirar, y no se admira aquello que no se respeta—y tal orden es importante.  Yo puedo respetar algo pero no admirarlo, sin embargo, he de respetar algo que admiro.  Tras eso surge la atracción hacia el objeto que se admira, y la sorpresa surge cuando nos damos cuenta de que hemos hecho un des-cubrimiento: el amor.  El amor es un movimiento del alma hacia su propio centro, es un des-cubrimiento del ser pero un des-cubrimiento de nuestro ser en aquello que se ama.  El amante es transformado en las carnes del amado.  El ego llega a ser el id, el yo llega a ser el otro.  El que ama des-cubre, es decir, quita los velos de aquello que hasta-entonces estaba cubierto, velado: la realidad de lo Infinito[4][4].  Una vez que se experimenta tal punto, tal meta, el ego es tranformado en el otro, y de tal tranformación surge el milagro de la existencia; nuestro ser queda sanado librado de todo mal corpóreo. 

Mistéricamente las llagas de Cristo sanaron con el poder de su amor, el cual, radicaba precisamente en la pureza de su espíritu.  Y el más grande de los misterios se des-cubre cuando vemos que sólo ama aquel que antes ha odiado.  Solamente se sabe el valor del amor si antes se ha muerto en las llamas del odio.  Los más grandes amantes han sido grandes víctimas del odio, por ejemplo: Nietzsche.  El proverbio árabe dice que sólo los muertos saben el valor de la vida.  Sin embargo, estos no hablan…Nietzsche es uno de los más grandes y sinceros kantianos de toda la historia de la filosofía, su devoción al amor le delata por ello.  Nietzsche murió embriagado por su odio para nacer en el néctar del amor.  Un alma que no ha odiado es un alma que jamás sabrá amar.  Y si es verdad que Dios habla a través de misterios, ese es el más grande de todos: la redención mediante el amor.  Hemos de redimirnos a nosotros mismos mediante nuestras acciones morales, mediante las acciones philontos. 

La verdadera resurrección se da en la vida, pero sin muerte no hay resurrección, pues, como decía Nietzsche sólo donde hay sepulcros pueden darse resurrecciones.  No hay nacimiento sin muerte, ni muerte sin resurrección.  La resurrección se da dentro del ser, dentro de los límites del dictatorial ego, que una vez y por todas queda sentenciado y juzgado.  El Día del Juicio es el día en que el ego es juzgado por el Amor, y mandado a galeras de por vida.  Tal día es el mismo de la resurrección, el día en que nosotros mismos nos redimimos.  Y la redención no es posible sin el perdón.  Todo esto son un cúmulo de acciones morales que el ser humano ha ido haciendo a lo largo de su vida, o incluso vidas en la rueda de la existencia[5][5]. Estas acciones morales pueden ser derechas, o torcidas, pero son acciones que han tenido, e incluso siguen teniendo, repercusión sobre la existencia del hombre/mujer[6][6].  Hemos de aprender a perdonarnos a nosotros mismos, y he ahí la clave de nuestra existencia; sin embargo, sin verdadero amor no hay perdón.  En consecuencia, hemos de aprender a amarnos a nosotros mismos para pasar a perdonarnos.  Una vez que nos perdonamos, el ego es literalmente asesinado, nuestro yo es el otro; entonces nos damos cuenta de que no somos tan diferentes después de todo.  Si la vida ha de ser vista—tal y como Petrarca la veía—como un viaje, el philontos es el amante que emprende tal complicado viaje.  Este viaje implica la aceptación de un estilo de vida moral, en el cual, la vida es vivida amando a todos los seres vivientes, y lo más importante, respetando todo estilo de vida implícito en ellos.  La vida como mutuo respeto.  La vida como un compartir. La vida como obstáculo en sí misma, como constante luchar contra desgracias y protestas.  Ahora es cuando hace eco el philontos de aquel dicho budista que predica al loto como la más excelsa de todas las flores: el loto es una flor que nace en el lodo, y cuanto más lodo tiene más grande y hermosa crece.

 

II. Contexto Budista de philontos en la ética kantiana.

En esta trayectoria tenemos el primer y más fuerte lazo de union entre Budismo y ética kantiana: la preocupación por el bien ajeno, y la lucha philontos por mantenerse firme en tal propósito.  El amor y el respeto por todos los seres vivos, independientemente de la forma racional, o no racional en la que aparezcan, son el motto que define el concierto ético-Budista kantiano.  Trabajando por el bienestar de todos los seres vivientes, y manteniendo una concentración exhaustiva en nuestras acciones, define el camino del verdadero philontos.  Este trabajo consiste, eminentemente, en llevar a cabo el complimiento de la Ley Moral—empezando por uno mismo.  Para llegar a hacer valer y cumplir la Ley Moral, uno tiene que aprender a aceptarse a sí mismo, y al mismo tiempo, tiene que llegar a conocerse a sí mismo[7][7].  De otro modo, nos encontraríamos en un círculo vicioso en el cual solamente proferiríamos palabras carentes de acciones, o en su caso, acciones carentes de la conscienciación de ellas.  La parte ontos del ser humano lo clasifica dentro de la esfera de la moralidad pura y desinteresada, dentro del ámbito de la justicia; es decir, el ser humano como ser moral.  En pocas palabras, hemos de reiterar el concepto kantiano de que “yo” podría ver la belleza interior del ser humano si determino actuar moralmente haciendo del noumenon, o cosa-en-sí, mi filosofía ética.  Así pues, una vez determinados a alcanzar el mundo de lo nouménico, nos daríamos cuenta de que el ser humano es algo más que un conjuntado de carnes y huesos, sino una entidad mucho más profunda y eterna; y que desde esta profundidad y eternidad, nace la inmediatez de lo bello como destino final[8][8]. 

La verdadera belleza vendría conectada con el tema del amor—que tanto el Budismo subraya a través del concepto de compasión.  Tanto el hombre como la mujer son noumenos luminosos que brillan en la obscuridad de su morada interior, y que mediante el destello del amor alcanzan la conexión existencial con lo Infinito.  Lo que yo entiendo por philontos vendría a tener su paralelo con lo que el budismo entiende como boddhisatva.  Un philontos es aquel que respeta a otros seres vivientes, sin importar su modelo exterior tanto orgánico como inorgánico.  El Budismo nos dice que el verdadero boddhisatva es aquel que ha decidido andar el camino del Sila[9][9], es decir la Ley Moral.  Hemos de aclarar que tal ley moral no es la que viene escrita, sino aquella que nos dicta la razón cuando es purificada mediante el corazón, el cual intuye y comprende las cosas en su esencia interna sin prestar atención a exterioridades ni apariencias[10][10].  Philontos, pues, sería el concepto europeo de su paralelo asiático.  La prudencia sería su punto de partida, y la paciencia, su condimento.  El método kantiano, así comola vida que Kant eligió llevar, son ejemplos de una vida moral cuya finalidad es hacer cumplir la Ley Moral: esa ley interna que todos tenemos grabada en el corazón.  Actuar de acuerdo con la Ley Moral, y no esperar nada en pago, es la esencia de toda enseñanza Budista—paralelamente lo es también de toda la filosofía moral kantiana.  Bajo esta tutela, los conceptos mencionados en Kant referentes al espacio y al tiempo estarían anclados dentro de la esfera física; de hecho, pertenecen al campo de las Ciencias Físicas.  Sin embargo, existe un tercer elemento encargardo de modificar la esfera de lo físico, y que entra a formar parte de lo meta-físico.  Este elemento sería la moralidad.  Para poder prevenir errores metafísicos, Kant prefirió llamar tal esfera—donde tiene lugar el elemento supranatural de la moralidad—Filosofía Transcendental.  En pocas palabras, la filosofía transcendental es una “metafísica vestida de limpio”: las “ropas nuevas” están proveídas por las tres Críticas kantianas.  Mi énfasis es, que el verdadero traje está circunscrito dentro de la segunda crítica: La Crítica de la Razón Práctica.  Hemos de aclarar, el hecho de que la moralidad no es filosofía transcendental per se, sino tan sólo el primer y fundamental ladrillo con el cual es construído el templo de ella. 

Aquí tenemos otro paralelo con el Budismo tradicional, teniendo en cuenta que Buda comprendió el mundo de lo físico como construído sobre el mundo de nuestras acciones, la cuales, por supuesto, son acciones morales.  Estas acciones morales son las que forman el entorno en el cual nos reproducimos, vivimos y morimos—independientemente del “mundo” en el cual estemos viviendo.  Tales acciones son denominadas karma, según la doctrina budista, y por lo tanto, son los pilares ontológicos fundamentales de todo ser viviente.  Este karma puede ser tanto bueno como malo, es decir, positivo, o negativo—nunca ambos al mismo tiempo.  Dependiendo de esta carga kármica es cómo nosotros vemos el mundo, y cómo interactuámos con él.  Por consiguiente, hay tres elementos morales que tienen un papel esencial para ganar un buen karma.  Estos elementos morales son llamados sila en la doctrina budista, siendo el fundamento de la Ley Moral.  El Budismo entiende el sila bajo estos tres conceptos meramente prácticos:

-Hablar correctamente.

-Vivir correctamente.

-Actuar correctamente.

            Sería apropiado decir que estos elementos morales dentro de la ética Budista poseen su paralelo con el concepto de Ley Moral en Kant, y que es expresado con el nombre de imperativo categórico.  Estos imperativos morales son sólo discernidos mediante una introspección interna de nuestras acciones, y para ello, tales acciones, han de ser sometidas a examen[11][11].  Este exámen es principalmente llevado a cabo bajo la forma de una crítica, pero tal crítica ha de ser constructiva y no destructiva, pues, uno de los riegos en el sistema kantiano es caer bajo el halo del escepticismo.  Tal examen habría de ser aplicado a los sistemas principales que contruyen nuestro mundo, nuestro entorno y por ende, nuestras ideas y acciones[12][12].  Tal sistema estaría encabezado por la Razón, la cual pasaría a ser juzgada (criticada).  Kant, haciendo eso, llegó a la conclusion de que la Razón como sistema supremo de pensamiento, posee dos principales vertientes: razón como sistema puro, y razón como sistema práctico.  Consecuentemente, la razón posee otra manifestación a través del Juicio, es decir, del poder racional de juzgar aquello que nos rodea o con lo cual vivimos, y de esa reflexión nacieron, por ese orden, La Crítica de la Razón Pura, La Crítica de la Razón Práctica, y finalmente, La Crítica del Juicio.  Para  Kant, la razón pura es nada por sí misma, es como un pájaro que tiene sus alas cortadas.  Si quiere volar ha de usar sus alas, es decir, tiene que poner en práctica aquellos elementos musculares que les han sido dados; de otro modo, su idea de volar quedaría sólo en eso, en una mera idea abstracta, en un fantasma que no posee manifestación propia, si no es por medio de absurdas palabras. 

Con esto, hemos de decir que Kant concibió la Metafísica como un aglomerado abstracto de palabras y conceptos que llevaban a ninguna parte, y que ello tal, se debía a la falta de practicidad en el área de la Metafísica.  En breve, razonar sin practicar aquello que se razona es matar mosquitos a cañonazos.  La filosofía de la razón práctica es, precisamente, dar la posibilidad de hacer real aquello que en su esencia pertenece a la esfera de lo metafísico; pero para hacerlo real hay que sacarlo de las prisiones de la razón pura, y liberarlo a través de los campos de la razón práctica.  En esta liberación es donde entraría a formar parte el concepto de libertad kantiano.  En dos pinceladas, para Kant es libre aquel que practica la Ley Moral: esa es la verdadera transcendentalidad del hombre como ente espiritual y eterno.  Para llegar a tal meta, el hombre ha de auto-examinarse en su moralidad interior, y en las acciones que comete en su exterioridad.  Ese exámen interno ha de tener un propósito firme y sincero, tal y como el Budismo recalca, el cual, nos irá desvelando la realidad del mundo físico que nos rodea.  El propósito firme y sincero es simple: la felicidad como meta, y la evitación de todo dolor como empresa[13][13].  Kant, por supuesto, conocía muy bien tales premisas.  Toda su vida estuvo dedicada, tanto física como moralmente, al seguimiento de la felicidad moral y el bienestar físico—entiéndase por la elusión del dolor.  Este proceso de discernimiento interior, solamente puede llevarse a cabo teniendo como meta tales premisas, y aceptándo nuestro rol como meros seres espirituales y morales; no esperando nada a cambio, y lo más importante, sin pensar que existe un “dios” que nos está mirando para recompensarnos.  Ese tipo arrogante y folklórico de pensamiento, anularía todo imperativo categórico, toda moral kantiana, y todo enfoque del iniciado Budista.  Pensar claramente, significaría, entonces, discernir la verdad del dolor y de la moralidad como vida a través del poder de la mente—sea como razón práctica o como mera “mente” in abstracto.  Para Kant la razón es una herramienta, jamás es un fin.  El Budismo nos dice que para llevar a cabo tal empresa de discernimiento interior, primero hemos de robustecer nuestra mente mediante una purificación de la misma.  Entiendo esta purificación, en términos kantianos, como una limpia crítica de la mente, en este caso, del instrumento principal de la misma: la razón pura.  El primer paso, que el Budista da, es en torno a la idea de rechazar todo tipo de recompensa cuando hace algo positivo.  No se debe de esperar recompensa por el mero hecho de que hemos realizado algún acto bueno, y la razón de eso es bien obvia; en el Budismo, actuar con bondad, es actuar de acuerdo a la naturaleza propia que nos fue concedida.  En términos kantianos, actuar con bondad no debe de ser recompensado por la sencilla razón de que hemos actuado conforme a nuestro deber.  Es nuestro deber hacer el bien, y no esperar nada a cambio por ello.  En este lindo vals consiste la verdadera libertad del hombre.  No estoy de acuerdo con Jürgen Habermas cuando dice que a Kant sólo le interesaba el asunto de las acciones justas, del actuar justamente.  Habermas lo expresa del siguiente modo:

“Classical moral philosophies had dealt with all the isues of the ‘good life.’  Kant’s deals only with problems of right or just action.  To him, moral judgments serve to explain how conflicts of action can be settled on the basis of rationally motivated agreement.”[14][14]

            Nada más lejos de lo fundamental.  A Kant también le interesaba la “buena vida” (good life), pero su interés partía de una vertiente médico-moral: de una implicación de la moral dentro del papel del sufrimiento de las enfermedades.  Kant supo que la enfermedad estaba relacionada con la moral, es decir, que situaciones de moralidad decadente, pueden llevar a una salud débil[15][15].  En nuestra cultura esto ha sido perfectamente demostrado por la Medicina Psicosomática, donde enfermedades como la depresión, ulceras estomacales, asma, dolores de cabeza, dolor de espaldas, estrés, etc...son todas enfermedades que dependen de nuestro estado mental y moral, o sea, del modo en que nosotros abarcamos al mundo.  Con ello, la ética kantiana no es una ética deontológica, tal y como diversos autores afirman (entre ellos Habermas)[16][16], sino una ética ontológica.  Kant estaba interesado en establecer normas morales (deontología), pero sólo como medio, jamás como un fín-en-sí-mismo.  Nada más lejos de Kant que la declaración de Habermas. 

Tanto en el modelo Budista como el Cristiano, el asunto es dar pero no esperar recibir algo a cambio, lo cual en el Budismo es llamado “el tesoro de la generosidad.”  Consecuentemente, el imperativo categórico, siendo producto de una introspección o meditación interior, debe de actuar o ir en equilibrio con una ley, siendo dicha ley de valor universal.  Tradicionalmente, en el Budismo siempre se habla de la ley de evitar el dolor, lo cual posee un valor universal, pues, nadie quiere sufir sino ser feliz—en terminos generales sin meternos en psicopatologías tales como el masoquismo[17][17].  Tal ley universal ha de ser applicable a todo ser viviente.  La ley ha de ser una ley moral que garantize un modo de actuar de acuerdo que, demos felicidad a los demás proporcionándola, al mismo tiempo, a nosotros mismos.  Esta ley universal es la Ley Moral, tanto Budista como kantiana.  La ley moral, debe ante, todo carecer de egocentrismo, y de cualquier hincapié fanático, en el aspecto religioso, político, o social.  Por ello, después del proceso de meditación introspectiva que hemos seguido, uno desarrolla cierto sentido del deber que va en concordancia con la ley moral; es decir, se actúa conforme al deber de ser un ser moral. 

En pocas palabras, el hecho de respetar a los demás, y de ser moralmente bueno, sencillo y generoso, es un deber desde el punto de vista de la ética Budista y de la kantiana.  A estas alturas, es interesante puntualizar, que aquello que hace este trabajo de purificación interior es la introspección por medio de de la voluntad pura, o también llamada intuición por el mismo Kant, y que está en estrecha conexión con nuestro entendimiento.  Sólo y sólo a través de esta instrospección es posible la purificación interior, y esa introspección y pureza han de tener lugar en el campo de lo práctico—donde la moralidad entra a batallar con su ejército de acciones.  Para alcanzar nuestra meta, necesitamos mejorar nuestra calidad como seres humanos, es decir, hemos de ser dignos de la Ley Moral (y no al contrario).  Nuestro eterno deber sería llegar, día a día, a ser mejores seres humanos batallando constantemente contra nuestras pasiones interiores.  Por eso, es interesante volver a señalar que una moralidad que no se practica es vanamente, es decir, no es un pájaro sin alas.  La meta que cada uno de nosotros debe de buscar es la felicidad, pero no como placer, sino como fuerza motora que nos alimente en nuestra morada interior.  En este sentido, la felicidad sería como una bendición dada por el poder de la voluntad pura, o por nuestra intuición pura—lo cual, ha sido, obviamente, el medio purificador del alma.  La felicidad no debe de ser buscada con la esperanza de querer o esperar recibir algo en consecuencia, sino, muy por el contrario, con la certeza de querer actuar generosamente, y con la seguridad de poseer un corazón puro.  En ello consiste todo equilibrio en la salud tanto mental como corporal[18][18].  La pureza de corazón sólo puede darse si el ser que la busca es sincero en su búsqueda, es decir, si no desea nada a cambio.  La sinceridad es la llave al estado puro de corazón.  Los más grandes santos fueron puros, no porque fuesen cristianos, o moros, o bengalíes, sino porque fueron sinceros en todos sus actos pasara lo que pasara, y jamás esperando recompensa alguna por tales actos—los cuales evidentemente han de ser bondadosos y buscadores del bienestar ajeno.  La sinceridad es alcanzada mediante duro y persistente entrenamiento.  En el Cristianismo primitivo se tradujo esto como “fe y obras,” las cuales, han de ir en consonancia, y jamás por separado.  Si un hombre está lleno de fe, pero no hace obras que demuestren su sinceridad, no le sirve absolutamente de nada.  La Epístola de Santiago lo dice del siguiente modo:

“¿De qué sirve hermanos míos, que alguien diga: ‘Tengo fe’, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe?” (Epístola de Santiago:14.)

            La sinceridad es, pues, alcanzada mediante las obras, mediante las buenas acciones que nos producen un buen karma:

 “ ‘Sincerity’ is perfect forgetting of oneself, but at the same time not just forgetting.  In our ordinary life we forget many things and do all kinds of things, but this is not the forgetfulness referred to here.  Religious or spiritual forgetfulness is somethings that one must experience personally for oneself.  That is, one has to experience it personally to know what kind of forgetfulness or unconsciousness we are talking about.”[19][19]

            Tanto para Buda, como para Kant, los seres humanos desean la felicidad por encima de todo; empero el principal problema radica en que la humanidad busca la felicidad en las cosas externas, en la exterioridad de sí-mismos, o sea, en el mundo de lo fenoménico.  Así, ponemos nuestros esfuerzos arriesgando nuestro ego en la creencia de que toda felicidad ha de venir desde-fuera de nuestro ser.  Por el contrario, nuestro ego es precisamente el que nos engaña, y el principal arquitecto de toda desilusión.  En esa tarea purificadora, el ego ha de ser aniquilado, es decir, el destino final de nuestra purificación interior sería destruir la yoidad de la mente.  La principal fantasía de la mente es creer que posee un “yo,” y la peor salida es llegar a creer que ha de ser el “yo” el que nos proporcionará una versión fidedigna del mundo.  Buscamos la felicidad tan sólo por el bienestar propio, por el placer del ego, por ego-centrismo.  Sin embargo, tanto Kant como Buda, hablan sobre la tarea moral de sacrificar el “yo” para de este modo poder encontrar la verdadera felicidad—la cual es transcendental y universal.  Una vez embarcados en la tarea de sacrificar nuestro ego, hemos de volver nuestras caras hacia nuestra interioridad, para ver el mundo que nos rodea con lo que el Sufismo ha llamado “el ojo del corazón.”  Una vez allí, nos daríamos cuenta de que hemos de volver nuestra atención hacia los otros, hacia el prójimo.  Una vez más, el yo termina encontrándose en el otro.  Conclusivamente, hemos de buscar la felicidad propia en el bienestar del prójimo.  La elección es nuestra, y en ese libre albedrío de poder elegir es donde verdaderamente somos libres.  Podemos elegir, pues, somos conscientes y libres para elegir ser puros, o impuros en nuestras acciones y modos de vida.  Buda lo expresa del modo siguiente:

“Surely by oneself is evil done, by oneself one becomes pure.  Purity and impurity are of the individual.  No one purifies another.”[20][20]

            Estoy convencido de que Kant estaría completamente de acuerdo con las líneas expuestas arriba.  La purificación es hecha sólo mediante la praxis, exactamente mediante la buena praxis.  Si discrepo con Habermas referente a la deontología kantiana, he de admitir que estoy de acuerdo cuando dice que la moralidad sólo tiene sentido en la vida cotidiana, y que ha de ser probada en el día-a-día:

“The content that is tested by a moral principle is generated not by the philosopher but by real life.  The conflicts of action that come to be morally judged and consensually resolved grow out of everyday life.”[21][21]

Practicar aquello en lo que se cree es la base toda fe, pero en el caso de la Ley Moral aquello en lo que se cree y aquello que se hace, no sólo ha de ir en equilibrio, sino que además, ha de ser por el bien de los demás.  Para denominar esta vibración del alma, uso la palabra  philontos, donde “philos” es el amigo o el amante, y “ontos” sería el ser, con lo cual tenemos un “amante del ser”, entendiendo tal ser como algo intríseco a toda forma tanto orgánica como inorgánica. 

 

III. Philontos en su contexto filosófico-moral y espiritual.

Adicionalmente, cuando uno toma la decisión de ser un philontos, uno queda embarcado instantáneamente en la responsabilidad de ser un amante del mundo, de los mundos y todo lo contenido en cada uno de ellos.  Como producto nace el equilibrio entre mente y materia, entre carne y espíritu.  Tal camino nos llevaría a la felicidad suprema, que es definitivamente un estado mental absoluto de conformidad con la Naturaleza y sus dictados[22][22].  En ello, podemos decir que existe una afinidad de pensamiento entre el Estocismo, Kant y la misma doctrina Budista, viniendo todos al mismo tiempo a predicar una misma cosa.  El philontos no es la persona que ha alcanzado la “iluminación”—como sería el caso de Buda, o de los profetas en la tradición Judeocristiana—sino más bien, la persona que está dispuesta a arriesgar su yoidad, y a cabalgar en el camino de la moral.  El hecho de que tengamos que admitir la existencia de seres más perfectos que nosotros mismos, y que de algún modo estemos predispuestos a presenciarlos tanto en la tradición escrita como oral, no significa que nosotros hemos de experimentar el estado de la iluminación para aceptar el hecho y fundamento de ello.  Cualquier persona puede ver con perfecta animosidad la diferencia que existe entre un hombre vulgar, un fanático, un científico, un filósofo, un cura o un místico.  Cada uno posee sus facetas de comportamiento y de adaptación al medio que le rodea, con lo cual, queda circunscrito la inmediatez de su pensamiento.  Por ende, no es tan dificultoso llegar a pensar, o admitir, que hay y hubieron seres humanos que alcanzaron un nivel de sabiduría superior al resto de los mortales, sean llamados un Platón, un Porfirio, Isaac, o Moisés y compañía...

Tal y como ya he señalado con anterioridad, philontos sería en su esencia el mismo concepto que el de boddhisatva dentro del Budismo, o sea, la persona que aún no habiendo obtenido la iluminación ha hecho la resolución de llegar a obtenerla.  He creado el paralelo Occidental con aquel Oriental.  Yo creo que Kant pensaba en estos términos, al igual muchos otros filósofos.  Kant fué un hombre que buscaba la felicidad a su propio modo, y por ello no puede ser culpado.  Buscaba un tipo de sabiduría superior, que en sus ideales vino a ser descubierta por medio de una vida estrictamente moral.  Kant mismo se jactaba del haber descubierto la esncia de la vida y las leyes del Universo, y con ello nos presentaba su prístino descubrimiento del a priori como ley universal y eterna[23][23].  Reitero una vez más, que  la clave para conseguir la felicidad, tanto en el Budismo como en el sistema kantiano, es llevar una vida estrictamente moral y dedicada al bienestar del prójimo.  Es archiconocida la formula kantiana de querer desear para los otros lo que uno desea para sí mismo; o, no desear para otros lo que uno no desea para sí.  En ello radica la llave de la felicidad[24][24].  Primeramente debemos erradicar la más mínima mancha de ego-centrismo que poseamos, la cual por supuesto, vive en la mente:

“There never was a self to begin with.  It was an idea all along.  And it is that idea, that notion of a self, that Buddha says is the cause of suffering, because you close out everything else.  You close out the whole universe.”[25][25]

            El siguiente paso es el viaje espiritual que hemos de hacer comenzando por respectar a los demás, y a darles la oportunidad de ser seres vivientes que también erran.  “Nadie es perfecto,” es la fórmula “perfecta.”  Por eso mismo, necesitamos demostrar tal respeto por medio de nuestra acciones y practicando nuestra generosidad.  Cada ser humano posee su propio monstruo dentro, que ha de aprender a domeñar y finalmente destruir.  Tal monstruo, en la tradición Cristiana se denominó “Diablo,”[26][26] pero en el Budismo el Diablo—tal y como se entiende en el Cristianismo—no existe, pues el hombre es tanto dios como diablo al mismo tiempo, y posee la libertad de acción para decidir qué cosa quiere ser.  El mejor modo de comenzar a dominar a nuestro demonio interior sería practicando la generosidad con los demás, dar y no recibir, esa es la llave.  Tal y como el maestro Budista Dogen nos dice:

“Let go of it, and you are filled by it.”[27][27]

            Lo mismo es presentado en la tradición Cristiana con las palabras del apóstol Pablo cuando dice que reduciéndose a nada, encontró todo (2 Co: 10).  Esta acción parte de la generosidad, caridad o compasión por los seres vivos, todo lo cual viene a parar a un mismo centro: lo absoluto como misterio o Dios.  En el Budismo la generosidad es practicada es su estado más puro o desinteresado, y desde este estado de pureza la generosidad pasa a ser una generosidad transcendental.  Chögyam Trungpa describe esta generosidad transcendental como pura “comunicación” la cual, debe de “transcender toda irritación.”[28][28] Este sentido por la comunicación es la clave del acto philontogénico, y los antiguos griegos mediante el arte de la Dialéctica lo entendieron muy bien.  Es como una subida, una ascension quese ha de realizar con firme propósito, sinceridad y poco a poco, pero persistentemente.  La generosidad y la comunicación—como contacto con otros—consiste en amar a todos los seres vivientes y en respetarlos incluso con sus faltas:

“Generosity is a willingness to give, to open without philosophical or pious or religious motives, just simply doing what is required at any moment in any situation, not being afraid to receive anything.”[29][29]

            Lo arriba descrito es expuesto en la filosofía kantiana con el término “fin-en-sí-mismo”, y ello corresponde a actuar sin ánimos de conseguir algo de vuelta.  Por lo tanto, cada persona ha de ser para nosotros como un fin-en-sí-mismo, que nos ofrece la posibilidad de ser morales.  Es interesante hacer estas dos comparaciones:

“However, generally in our lives we expect a lot, we push ourselves, and this kind of action very much based on impulse.  We find something exciting and beautiful and we push ourselves very hard toward it, and sooner or later we are pushed back.  The more we push forward, the more we will be pushed back, because impulse is such a strong driving force without wisdom (…) But the action of the Boddhisatva never provokes a reaction (…) The forced behind transcendental patience is not driven by premature impulse nor by anything else of that nature.”[30][30]

            Kant condensó la misma explicación con los términos a continuación indicados:

“The disinterested feeling is like a force of attraction and the self—intered feeling like a force of repulsion.  The two of them, in conflictu, constitute the world.”[31][31]

 

IV. Fisiología Kantiana y moral Budista.

 Es interesante reiterar, que Kant jamás fué influenciado por la filosofía asiática, y que sus conocimientos sobre el Budismo—aunque menciona el Tibet en sus lecciones antropológicas—es bien limitado.  Muy por el contrario, Kant estuvo influenciado por el Pietismo Protestante que profesaban sus padres.  El mismo resalta el papel que la ética Pietista tuvo en su vida, llegando incluso a reconocerla como una noble enseñanza—siempre y cuando no se mezcle con propósitos egoístas, o fanáticos.  Me aventuro a decir que la doctrina Pietista—referente a la moral—fué la piedra de toque de todo su sistema filosófico: amar al prójimo indenpendientemente de cómo este se comporte contigo.  De hecho, Kant quiso permanecer durante toda su vida leal a este tipo de moralidad.  Sin embargo,mi propósito es acercar la doctrina Budista a Kant, y viceversa.  Para llevar a cabo esta tarea, la primera decision debe de ser hecha a través de una exhaustiva disciplina, rigorosidad que tiene que estar dirigida hacia el campo de la Ley Moral.  En consecuencia, hemos de estar atentos a nuestras inclinaciones y a nuestros pensamientos, particularmente al modo en que percibimos el mundo.  El mejor modo de acometer esto, es meditar constantemente prestando atención a cómo nuestra mente trabaja, y cómo nuestros sentidos se adaptan al mundo que les rodea. 

De partida, ya sabemos que el cerebro es un traductor de imágenes, poniéndolas en el lenguaje con el cual estamos familiarizados.  Kant estaba muy interesado en lo que hoy en día entendemos por Neurofisiología y Neuroquímica.  Los últimos años de su vida estuvieron dedicados expresamente a estudiar la Química, y cómo alargar la esperanza de vida.  Estaba constantemente obsesionado con las estadísticas que mostraban la esperanza de vida cada año.  A Kant le interesaba cómo nuestro cerebro funciona, y cómo este traduce el mundo en conceptos particulares y generales.  No sería arriesgado decir que para Kant, el hombre siente y piensa de determinada manera al ser influenciado por su neuroanatomía y neuroquímica.  Es decir, tanto la metafísica como la ética kantiana son productos corporales, es decir, subyacentes a una fisiología.  Esto es lo que llamo fisiología kantiana.  El cuerpo siente como siente, y la mente piensa como piensa debido a una determinada fisiología y anatomía propias de él[32][32].  Sin embargo, Kant fué más lejos que esto—pues distinto a Spinoza—Kant creía que el hombre era un ser libre.  Si era libre no podía estar pre-determinado por su fisiología y bioquímica.  Había algo más profundo y complicado que todo eso.  La profundidad nos venía dada por la moral y por la ley a priori que la comanda.  Una vez más reitero, este tipo de pensamiento es lo que denomino fisiología kantiana.  Para Kant la moralidad, por sí misma, es un sistema es decir, es capaz de llegar a formar un sistema.  En ese sentido, la moral es para Kant como un organismo vivo que posee su vida propia.  En consecuencia, esta moralidad posee su esfera dentro del mundo fenoménico e inteligible.  Es mediante los conceptos como construímos el mundo, en ello Kant fué bien tajante al diseñar las Categorías. 

          Las Categorías kantianas son modelos fisiológicos, y nos hablan del mundo de los conceptos que son construídos con la mente humana—la cual posee ese substrato anatomofisiológico.  No está tan claro en qué sentido pensaba Kant que tales Categorías tenían un comportamiento a priori.  En más de un momento he tenido la sensación de que Kant usa el término a priori al menos en dos sentidos distintos, uno metafísico-transcendental, y otro físico.  Kant hace el siguiente cuadros de las Categorías del pensamiento humano, es decir, nos valemos de ellas para construir el mundo:

I.                                De Cantidad: Unidad, Pluralidad, Totalidad.

II.                             De Cualidad: Realidad, Negación, Limitación.

III.                           De Relación: Substantia et accidens, causa y efecto, reciprocidad entre agente y paciente.

IV.                          De Modalidad: Posibilidad-Imposibilidad, Existencia-No existencia, Necesidad-Contingencia.

          La división de estas Categorías es hecha por la facultad del juicio, y las contiene el entendimiento como conceptos a priori.  Esto significaría que ya existen “ahí,” independientemente del mundo, y que cuando “abrimos” los ojos por primera vez al mundo ellas se ponen en “mecánico” funcionamiento. 

          Volviendo al tema de disciplinar nuestros sentidos, hemos de decir que Kant entendía por disciplina (disziplin) cierto “hábito de la mente,” el cual puede ser empleado para bien moral.  Los hábitos mentales pueden ser buenos o malos, beneficiosos o dañinos.  Para amaestrar esta disciplina, y con ello nuestros hábitos, Kant se sirve de un conocimiento mínimo de la fisiología y anatomía humanas.  Kant nos dice:

“Once he has become conscious, in doing so, of the maxims of his actions, the conformity of the action with duty occasions in him cheerfulness of mind; (…) he achieves a state, of which he is himself the author, that grants him self-contentment (…) The foundation of this practice lies, therefore, in the negative and positive discipline of the negative and positive discipline of the body, by cultivation of his mental powers, enlargement of his knowledge, removal of his errors, limitation and refinement of his capacities for desire (…)”[33][33]

          Como se puede comprobar Kant estaba más que interesado en los poderes de la mente, en cómo controlarla y domeñarla, y usarla para sus fines morales, lo cuales estarían en completo ordenado equilibrio con las necesidades del cuerpo.  En el Budismo, la disciplina es la norma moral, es decir, disciplina y moralidad vienen a ser lo mismo y se denomina, como antes ya señalamos, sila, que en esencia es “ley moral.”  Sila es gobernado por el concepto práctico de virtud, de vida virtuosa, lo cual es llamado “el tesoro oculto”:

“But the charity, by righteousness, by self-restraint, and taming of the self, there is a treasure well concealed for woman or man.  It is a treasure incommunicable to others, that robbers cannot steal away.  Let the wise man do good deeds: that is the treasure that follows after one!”[34][34] 

V. Conclusión.

Igual a Buda, Kant rechaza el sistema tradicional de Metafísica de sus tiempos.  Pero por otro lado, ambos guardan la intencionalidad de la Metafísica.  Dicho en pocas palabras, Kant lucha por reformar la Metafísica tradicional y darle un nuevo vestido.  En mi perspectiva Kant quiso derrotar la Metafísica haciendo un “implante” de una nueva metafísica que se caracterizaba por su sentido práctico-moral.  Lo que Kant hizo es darle al emperador ropas nuevas, es decir, el nuevo traje del emperador...Por ello, no sería lícito el decir que Kant inaguró lo que bien podría entenderse por ética metafísica.  Este tipo de metafísica es llamada por él mismo “metafísica de la moral,” siendo examinada en su libro Metafísica sobre la moral de las costumbres.  ¿Por qué “moral”?  La respuesta consiste en que por medio de la moralidad es cómo la Metafísica puede volverse una materia práctica y útil al destino humano, entendiendo este destino como una meta moral del hombre.  Kant quiso con ello descacarillar la Metafísica tradicional de toda esa capa de cal inerte que le había proveído un lenguaje y una terminología entramada y obscurantista.  Tal practicidad de la moral podría ser convertida a la noción de deber que está en perpetuo toque con la cara equidistante de la Ley Moral.  Adicionalmente, Kant dice haber dos clases de deberes: aquellos de derecho, y aquellos de virtud.  Los primeros, vienen de los valores externos, es decir, de la “legislación externa”—en sus propias palabras—y  pertenecen a la socialización de los valores éticos.  Los segundos, son llamados deberes virtuosos, y son deberes éticos que pertenecen a nuestra interioridad.  De este modo, son valores internos y no externos, radican en el interior espiritual y no en el exterior material.  Son valores espirituales que han de cultivarse día a día y sufriendo duras pruebas en el mundo en el que vivimos.  Estos valores espirituales—o deberes éticos tal y como Kant los llamaba—poseen un propósito o fin, que debe de estar de acuerdo con la Ley Moral.  Este propósito es un acto mental, una fuerza que nos ayuda a desarrollar nuestros poderes mentales para llegar a realizar obras honestas y satisfacer la Ley Moral por medio de la práctica.

 En conclusión, la Ley Moral está libre de condiciones externas que la condicionen, es autosuficiente, y al serlo, es absoluta y no relativa.  Depende de nosotros mismos, de nuestras propias inclinaciones, y del propósito firme de querer hacer algo correcto y lleno de virtud.  Somos libres de poder hacer algo bueno o malo, como ya señalamos, y ni dioses ni demonios son culpables por ello, sino nuestra mismidad y su ego-centrismo como compañero.  Yo soy libre para actuar y para cargar con la responsabilidad de mi acto.  Libre para actuar como un ser racional, o para perder la cabeza y volverme una bestia de jumento.  Puedo usar mi razón y hacer algo al respecto, tomando las medidas oportunas en ello.  Puedo usar mi razón usando su sentido práctico, no solamente hablando de lo bueno o lo virtuoso, sino practicándolo.  Soy libre en todo eso.  Esa es la libertad, y la imagen y semejanza que con Dios tenemos.  En el Budismo tradicional, así como en la doctrina ética de Kant, el Hombre es totalmente libre para elegir, para hacer de él mismo una bestia, o un ser digno de elogio.  Somos libres para hacer o deshacer una acción, corregirla o hacerla peor aún: no existe un dios externo a nosotros que va a solucionar nuestros actos, o a hacerlos más dignos—mucho menos a gratificarlos.




NOTAS:

* PhD Minneapolis-MN (USA) mail

[1][1] Esta universalidad, además de poseer una trama moral, posee también una clara afinidad con el mundo de lo físico; en ello se han hecho comparaciones al nivel científico con la filosofía de Isacc Newton, quien influenció la filosofía física de Kant.  Ver Robert Hahn: Kant’s Newtonian Revolution in Philosophy.  Southern Illinois University Press; Carbondale, Illinois: 1988.

[2][2] Sobre este asunto he hablado en mi artículo “Kant, Buddhism and the Moral Metaphysics of Medicine.”  Antonio Palomo-Lamarca y Stephen Palmquist.  Journal of Indian Philosophy and Religion, vol. 7-October 2002; pgs.79-97.

[3][3] Este hecho es bellamente resaltado en el Sufísmo, donde el Paraíso es un concepto interior de pureza y gratitud.  Para una introducción general ver: Titus Burckhardt: An Introduction to Sufi Doctrine.  Sh. Muhammad Ashraf.  Lahore, Pakistan: 1996.

[4][4] Para una ampliación de este tema ver el archiconocido ensayo de Ortega y Gasset: Estudios sobre el Amor.

[5][5] En este punto existe un esencial paralelismo entre la doctrina Budista y la Cristiana, pues ambas emfatizan el perdón, la compasión y el actuar conforme a una moralidad propia—cada una, por supuesto, dictada por un distinto evangelio o credo.

[6][6] He de añadir que aquí veo un extremado paralelismo entre el concepto Cristiano de pecado, y el concepto Budista de karma.  Ambos están conectado por un mismo elemento común: las acciones morales.  Ambos poseen una consecuencia compartida: el sufrimiento.  Sin embargo, se nota una minúscula diferencia, mientras el karma puede ser bueno, o malo, el pecado es siempre malo.  En ese sentido, la única verdadera conexión entre ambos vendría dada por las acciones morales, es decir, por la moralidad.

[7][7] Huelga recordar la inscripción délfica del Templo de Apolo, tan renombrado en la filosofía de Sócrates por Platón.

[8][8] Ideal resaltado por Platón.

[9][9] Sila es la Ley Moral en el Budismo.  Para una aclaración de este punto y su implicación en la salud, ver mi artículo “Kant, Buddhism and the Moral Metaphysics of Medicine.”

[10][10] Sobre esta purificación de la razón, y su reflejo en el corazón humano, Buda dedicó gran parte de su filosofía epistemológica.  Para un análisis de este aspecto, y del racionalismo, así como del empirismo Hindúes, puede ser consultado mi trabajo: “Kant y la Tradición Filosófica Hindú.” A Parte Rei, Mayo 2002: http://aparterei.com/page31.html

[11][11] El Dhammapada, texto Budista, define este hecho como “atención,’ en el sentido de que uno ha de estar “atento” a todos sus movimiento morales, y por ello, analizar nuestras acciones.

[12][12] El Dhammapada nos advierte que nosotros construímos el mundo con nuestra mente, y que esta a su vez está modelada por nuestras acciones.

[13][13] En este punto se da una clara coincidencia con el Epicureísmo.

[14][14] Jürgen Habermas: Moral Consciousness and Communicative Action.  The MIT Press, Massachusetts: 1999; pg.196)

[15][15] He hablado de esto extensivamente en “Kant, Buddhism and the Moral Metaphysics of Medicine.”

[16][16] Habermas: Moral Consciousness...pg.196.

[17][17] Sobre este tipo de felicidad Freud enunció sus postulados psicoanalíticos al respecto.  Para una posterior aclaración ver, June Rathbone: Anatomy of Masochism. Kluwer Academic, New York: 2001.

[18][18] Este punto es explicado con más detalle en mi  “Kant, Buddhism and the Moral Metaphysics of Medicine.”

[19][19] D.T. Suzuki: Buddha of Infinite Light.  Shambala Publications.  Boston&London: 2002; pg.33.

[20][20] H. Saddhatissa: Buddhist Ethics. Unwin Brothers, Ltd.; London:UK, 1970; pg.56.

[21][21] J. Habermas, opus cit. pg. 204.

[22][22] En nuestra tradición Occidental, ha sido el Estoicismo el que mejor ha expresado este tipo de filosofía y proceder ante la vida.  Séneca y Epicteto son claros exponentes.

[23][23] En este hecho también coincide con Newton, quien en Física, también se jactaba de lo mismo.

[24][24] En el Cristianismo místico, esta “llave,” es la llave del Reino, la llave que abre la puerta a la felicidad eterna. 

[25][25] J. Daido Loori: The Heart of Being. Moral and Ethical Teachings of Zen Buddhism.  Charles E. Tuttle, Inc., Rutland: Vermont, 1996; pg.99.

[26][26] Existen distintos nombres a lo largo de todo el Nuevo y Antiguo Testamento referiéndose a lo que nosotros grosso modo llamamos “diablo.”  Este “diablo” no es sino diabolon, en griego, y vendría a significar “acusador.” 

[27][27] Citado en Daido Loori, pg.102.

[28][28] En Entering the Stream. An Introduction to the Buddha and His Teaching.  Ed. Por Samuel Bercholz y Sherab C. Kohn.  Shambala Publications, Boston:MA, 1993; pg.169 y ss.

[29][29] Trungpa, pg.170.

[30][30] Ibidem, pg.170-171.

[31][31] I. Kant: Lectures on Ethics.  Cambridge university Press.  New York:NY, 1997; pg.3-4.

[32][32] Existe una corriente denominada Epifenomenalismo, la cual, expresa que el hombre es producto de su fisiología cerebral, y que piensa al tener una química y anatomía apropiadas para ello.  Nada más lejos de la mente de Kant que este Epifenomenalismo.  Para Kant, el hombre es un complemente de mente y cuerpo, cuerpo y alma.  Creía en la libertad, y de ese modo, quiso explicarla por medio de la moral, de un sistema ético que, aunque inspirado en física y fisiología, poseyó un claro reflejo en la libertad y vida humanas.  El Epifenomenalismo niega la libertad, pues el hombre está condicionado por su química y anatomía.  En esto, surge paralelo al concepto que Lorentz tenía sobre el hombre y el animal, son los instintos, pues, los que determinan al hombre—con ello, la libertad queda anulada.  En definitiva, nada está más lejos de la mente kantiana, pues el hombre, aunque ciertamente determinado por una fisiología y anatomía, puede aún tener la voluntad de controlar sus inclinaciones. 

[33][33] Lectures on Ethics, pg.392.

[34][34] Buddha, en: Some Sayings of the Buddha.  Oxford University Press, London:UK, 1973; pg.43.

 

Última modificación:Jueves, 10 de Junio de 2004